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Tres artículos: Medio ambiente y conflicto armado; Editoriales sobre el proceso de paz con las Farc; y Acción colectiva y asentamientos en Cali. Memorias, 2018.

Nueva Publicación: Investigación sobre dos asentamientos informales de la ciudad de Cali. 2018

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2 asentamientos: Los Samanes del Cauca y Navarro, ubicados en el jarillón del río Cauca.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

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Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

martes, 11 de diciembre de 2018

Duque y el regreso de un ethos pernicioso, insano y mafioso


Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

No se puede negar que la llegada de Iván Duque Márquez[1] a la Casa de Nariño representó el regreso de lo que se conoce como el “Uribismo”[2], que no es más que la consolidación de un ethos que de tiempo atrás se caracteriza por volver porosos los límites o las fronteras entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo legítimo y lo ilegítimo, entre lo legal y lo ilegal. Y es claro que el país, desde 2002, enfrenta y asiste a la entronización e internalización de un ethos mafioso[3] que tiene en la captura del Estado a su mayor logro político, económico y social, circunstancia que hace prácticamente inmodificable las correlaciones de fuerza al interior de un Régimen de poder que promueve prácticas dolosas, criminales y el cerramiento democrático que para el caso de Colombia deviene histórico y que al parecer es perenne. El propio Álvaro Gómez Hurtado lo calificó como un “entramado de complicidades”.

Estos primeros meses de la administración de Iván Duque Márquez han servido no solo para corroborar que la dirección del Gobierno no pasa por las decisiones autónomas del Presidente de la República, sino para confirmar que  obedecen a directrices y a la línea comportamental, en lo social y en lo político, que se dictan desde las huestes del Centro Democrático (CD), con la anuencia de sectores del partido Liberal, y del conjunto del partido Conservador y del movimiento Cambio Radical, cuyo líder natural es Germán Vargas Lleras[4]. Y por supuesto que la figura del ex presidente Álvaro Uribe Vélez emerge como una suerte de sombra que no solo dio cobijo electoral, político y ético a la campaña Duque Presidente, sino que funge como faro (in) moral[5] para sectores del Establecimiento que se sienten legitimados por el combativo  político antioqueño que, a pesar del crecimiento exponencial de su imagen desfavorable, sigue siendo para periodistas afectos al Régimen[6],  y para un grupo importante de políticos profesionales, militares y empresarios, un líder y una figura pública que los representa, por lo menos, políticamente.

Las representaciones sociales que unos y otros se hacen de Uribe Vélez oscilan entre miedos fundados por sus denunciadas relaciones con grupos paramilitares, o en palabras del entonces Presidente, Juan Manuel Santos Calderón, por ser un “rufián de esquina[7]; de igual manera, los ejercicios representacionales se soportan en la complacencia político-cultural con quien supo hacerse con el Estado para sacar adelante su proyecto político y, por supuesto, la ciega admiración hacia un belicoso político “capaz de hacerse moler por Colombia y de dar en la cara marica…”

Volvamos al tema de Duque. Varios ejemplos dan cuenta del desgobierno y de la falta de dirección d este gobierno.  El primero, el proceso de elección del nuevo director del Centro de Memoria Histórica (CMH), convertido en una suerte de sainete provocador de la opinión pública, porque desde el Gobierno se han propuesto varios candidatos cuestionados por su perfil profesional, sus sesgadas posturas frente a la concepción del Conflicto Armado Interno y en particular, porque descalifican ideológicamente los informes y los trabajos académicos e históricos publicados por el equipo de trabajo del CMH. El último episodio terminó por exponer el desprecio que por la ética siente el Presidente Duque, al decretar la elección como nuevo director al politólogo Vicente Torrijos, quien horas antes había sido despedido de la Universidad del Rosario por asuntos disciplinarios que tocaban, entre otros asuntos, a inexactitudes en su hoja de vida, alrededor de un título de doctorado que el profesor Torrijos ostentaba en su hoja de vida, pero que no contaba con respaldo alguno en lo que concierne a la terminación satisfactoria de la tesis de grado, su aprobación y el recibimiento del título de PhD. Ante el rechazo en redes sociales y en general por otros sectores de la opinión, por su nombramiento, Torrijos declinó a la designación presidencial, dejando una vez más una sensación negativa en el manejo de asuntos públicos, en particular, de aquellos que tienen que ver con el proceso de implementación del Acuerdo Final[8]. Y al final, con su designación por parte del Gobierno de Duque, con la elección de Torrijos se concluye que se puede mentir y engañar en el ámbito de lo privado, que en lo público esas prácticas son bienvenidas, aplaudidas y recompensadas con cargos en el Estado.

El segundo ejemplo tiene que ver con el manejo dado al debate de control político que la Oposición le hiciera al Ministro Carrasquilla, por lo que se conoce como los “Bonos de agua”. La negación por parte del presidente del senado, Ernesto Macías[9] para que el debate se diera, es una clara muestra del talante poco democrático que ronda a funcionarios cercanos o militantes del Centro Democrático, micro empresa electoral cuyo propietario es Álvaro Uribe Vélez. Está el país ante un talante anti democrático que recuerda los tiempos de la aplicación de la Política de Seguridad Democrática (2002-2010), puesta al servicio para perseguir opositores, detractores, pensadores independientes, profesores, intelectuales y líderes de comunidades afros, campesinas e indígenas adversas o críticas del Estado y del gobierno del entonces gobierno de Uribe.

El tercer ejemplo tiene que ver con el manejo dado al debate que la Oposición, en cabeza de Gustavo Petro y Jorge Enrique Robledo, hiciera al Fiscal General de la Nación, Néstor Humberto Martínez Neira, por los hechos de corrupción que involucran a la multinacional Odebrecht, al Grupo AVAL y al propio Martínez Neira en su calidad de abogado, ciudadano y Fiscal General. En dicho escenario de debate, se negaron los derechos a las réplicas a los citantes, y se otorgó más tiempo al citado Fiscal General, para que ejerciera su defensa.

Y el cuarto ejemplo se explicita con la presentación de la terna para que la Corte Suprema de Justicia escoja un fiscal ad hoc, para investigar por lo menos tres procesos que se adelantan en la Fiscalía General que dan cuenta de los hechos de corrupción en la construcción de la Ruta del Sol II. Claramente, la terna presentada por el presidente Duque es de corte uribista. Al ser devuelta la primera terna, por la renuncia de una de los ternados, el gobierno insiste en mantener a dos de los seleccionados. El tercer ternado es de las entrañas del uribismo.

Los medios y las sensaciones

El titular de la revista Semana con el que se pregunta si es hora de que Duque dé un timonazo[10], está articulado a las negativas percepciones que se vienen construyendo desde el exterior, en torno a la capacidad del actual Presidente de la República y la sensación de ingobernabilidad que se respira. Percepciones que también circulan al interior del país. La gran cadena norteamericana calificó al gobierno de Duque como el más impopular[11]. A esta imagen se suma la sensación de desgobierno o lo que es peor, la idea de que quien realmente maneja los asuntos del Estado es el ex presidente Uribe, a quien el propio Duque, calificó como “el presidente eterno”.

Pero más allá de lo que registren los medios, da la sensación de que el gobierno de Duque no tiene una agenda definida. Recordemos que Uribe se la jugó por espacio de 8 años por la guerra contra las Farc. No logró acabar militarmente con esa guerrilla, pero aportó al desplazamiento forzado y a la generación de más y más víctimas, incluyendo los hijos de las madres de Soacha y de otras regiones, víctimas de lo que se conoce como los “Falsos Positivos”. Por el contrario, Juan Manuel Santos se interesó por desarmar a las Farc y lo logró. La pregunta que salta es: ¿cuál es la prioridad o la apuesta de Duque? De lo que va corrido de su gobierno, se conocen ideas de política pública como “el que la hace la paga”, que tiene un talante policivo; y la intención de perseguir a jíbaros y a consumidores de droga, que lo único que ha logrado es criminalizar el consumo de la dosis mínima amparada por la ley.

Duque Márquez parece estar jugando a ser un “gobierno de transición”. Lo que no se sabe a ciencia cierta es hacia dónde llevará al país esa transición, porque se desconoce el punto de partida. Por ese camino, y ante el creciente malestar social, a juzgar por las marchas de los estudiantes y de otros sectores, y la fuerte sensación de ingobernabilidad de cara a las elecciones regionales de 2019, el propio uribismo puede estar pensando en un inconveniente escenario: convocar a una Asamblea Nacional Constituyente[12].

Entre tanto, la figura del presidente Duque genera todo tipo de interpretaciones y opiniones. El escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal lo califica como un “niño”[13]. Entre tanto, su habilidad para el canto, y su admiración por Maluma, no solo genera burlas, sino que promueve la farandulización de la política[14] y por ese camino, la imagen del Presidente se desfigura y se banaliza y de manera concomitante, Duque se torna pusilánime.

Lo único claro en estos momentos en Colombia es que el llamado “uribismo” regresó. Lo que no saben los colombianos es hacia dónde nos llevará el ethos pernicioso, insano y mafioso que millones colombianos lograron naturalizar.


Imagen tomada de Semana.com



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