Nueva publicación

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Tres artículos: Medio ambiente y conflicto armado; Editoriales sobre el proceso de paz con las Farc; y Acción colectiva y asentamientos en Cali. Memorias, 2018.

Nueva Publicación: Investigación sobre dos asentamientos informales de la ciudad de Cali. 2018

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2 asentamientos: Los Samanes del Cauca y Navarro, ubicados en el jarillón del río Cauca.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.
Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

domingo, 25 de febrero de 2018

A PROPÒSITO DE LA ENCÌCLICA DEL PAPA FRANCISCO

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

El sentido de la encíclica promulgada por el Papa Francisco, conocida como Laudato sì, está profundamente anclado a la ecología política (EP); con la EP, se abre un campo de discusión y una suerte de mega discurso con el que se confrontan disímiles formas de Poder, en particular el político y económico sobre el que recaen hoy las críticas por los conflictos socio ambientales que afronta la humanidad. Así, la Encíclica bien se puede considerar como un ejercicio discursivo y político propio de la Ecología Política. 

Sin duda, se trata de un documento política e ideológicamente comprometido, que fustiga al actual modelo de desarrollo económico por los graves efectos socio ambientales que de tiempo atrás viene dejando tanto en los ecosistemas naturales, como en los socio ecosistemas, en particular en las ciudades.

El Laudato sì resulta incómodo para aquellos que defienden el desarrollo extractivo y esa visión de desarrollo de la que se deriva, ideológicamente, esa idea neurálgica y central que deberá ser intervenida si de verdad se piensa en que es posible modificar la actual racionalidad económica. Hablo de la idea de progreso.

Esta columna constituye un ejercicio de análisis crítico de varias de las ideas planteadas por el Obispo de Roma, con la intención clara de advertir los silencios en los que incurre su autor y posiblemente en contradicciones, muy propias de un ser humano que representa a una poderosa institución que, de disímiles maneras, contribuyó en el pasado y contribuye en el presente al deterioro de los ecosistemas naturales al promover, sin mayores disquisiciones, la reproducción humana, por considerar que proviene de un mandato divino. A lo que se suma la costosa operación de la Iglesia Católica, como una organización de carácter mundial, que casi se eleva a una condición de “multinacional productora de creyentes”.  En particular, por los lujos en los que viven los sacerdotes en el Estado Vaticano. 

Laudato sì es un documento que expone la complejidad del ser humano y su conflictiva vida en sociedad y las no menos complejas relaciones establecidas con la Naturaleza. Un primer factor de esa compleja vida humana guarda relación con la fe en un Dios creador y en elementos de esa moralidad religiosa sobre la que misma Iglesia Católica soporta aún las relaciones de dominación ideológica sobre sus creyentes: el pecado.

En el documento se lee “que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados. Porque <<un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios>>” (Laudato sì, p. 3).

Apelar a la idea de pecado no solo insiste en el carácter vigilante y castigador de la Iglesia Católica, sino que promueve una idea que además de anacrónica, deviene profundamente infantilizada, justamente, por aquellos creyentes que participan activamente de acciones contra la Naturaleza y grupos humanos vulnerables, pero poco les preocupa caer “en la desgracia del pecado”. Si bien la idea de pecado plasmada en la Encíclica advierte una acepción hacia lo inhumano, insistir en esa vieja idea de pecado instala el texto en el plano de lo moral, cuando debe permanecer en el ámbito de lo político y de la política.

A lo largo y ancho del documento, el Papa Francisco insiste en la necesidad de ayudar a los pobres y marginados, evadiendo señalar responsabilidades a aquellas poblaciones menos beneficiadas del desarrollo y del progreso, en la perspectiva de establecer una urgente co-responsabilidad entre todos los habitantes del planeta tierra. Dice el Obispo de Roma que “merecen una gratitud especial quienes luchan con vigor para resolver las consecuencias dramáticas de la degradación ambiental en las vidas de los más pobres del mundo. Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos”.

Así mismo, el líder religioso insiste en el discurso del desarrollo sostenible. En varios pasajes parece hacer referencia al Informe Brundtland, a través de la preocupación por la vida y el planeta que heredarán las próximas generaciones. 

En la encíclica se lee que “el problema es que no disponemos todavía de la cultura necesaria para enfrentar esta crisis y hace falta construir liderazgos que marquen caminos, buscando atender las necesidades de las generaciones actuales incluyendo a todos, sin perjudicar a las generaciones futuras… necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana” (Laudato sì, p. 17).

Parece olvidar el Sumo Pontífice que cada cultura, en especial en momentos de crisis socio ambientales, constituye una especie de muro de contención con el que no solo se busca evitar el contacto con otras formas de ver y pensar la vida y las relaciones con la Naturaleza, sino que sirve para repeler a aquellos grupos humanos cuyas prácticas culturales no obedezcan a los parámetros modernos impuestos por el discurso unívoco de la euro modernidad.  Cada cultura legitima sus propias relaciones con la Naturaleza y por ese camino, relativiza las acciones tendientes a asumir responsabilidades frente al deterioro de valiosos y estratégicos ecosistemas naturales.

¿De verdad cree Bergoglio en esa idea de que somos una sola familia humana? Quizás solo sea una vieja aspiración religiosa, asociada a un objetivo misional. Pero es claro que las diversas culturas y los propios modos de desarrollo van en contravía de esa idea. No podemos ser una sola familia. Las solas diferencias entre Oriente y Occidente y en cada una de las realidades que se encuentran en esas dimensiones, hacen imposible considerarnos como una sola “familia humana”. Somos una misma especie, pero las culturas se han encargado de (in) disponer cuál o cuáles son dignas de mantenerse y yuxtaponerse sobre otras menos “dignas”.

A pesar de que el documento papal exhibe un enfoque ecosistémico y promueve ejercicios interdisciplinarios para encontrar soluciones a los problemas generados por las actividades antropogénicas, insiste en la centralidad del ser humano en el devenir del planeta, y quizás en la vieja idea de que el Hombre es la medida de todas las cosas. Y es así, al señalar teleológicamente el lugar y la misión del ser humano: alcanzar la felicidad. “Si tenemos en cuenta que el ser humano también es una criatura de este mundo, que tiene derecho a vivir y a ser feliz, y que además tiene una dignidad especialísima, no podemos dejar de considerar los efectos de la degradación ambiental, del actual modelo de desarrollo y de la cultura del descarte en la vida de las personas” (Laudato sì, p. 14).

Como valor moderno, la felicidad está profundamente anclada a esa idea de progreso que a su vez se deriva del actual modelo de desarrollo económico. Por esa vía, el objetivo máximo de ser feliz, como aspiración humana, sirve a los propósitos y a las prácticas de sometimiento de la Naturaleza a los caprichos de una especie que es capaz de generar variadas ideas de ser feliz, muchas de estas soportadas en procesos de transformación de los ecosistemas naturales y el consecuente declive de sus “servicios ecosistémicos”. Ser feliz, a cualquier costo, puede resultar una consigna válida para cualquier grupo humano y sus miembros, lo que puede trasladarse a actividades claramente insostenibles, pero que resultan gratificantes para aquellos que buscan, afanosamente, ser felices.

Al tratarse de un discurso que no solo está inscrito en la forma particular de pensar del Papa Bergoglio, sino al propio sentir de una Iglesia que afronta problemas de legitimidad socio ambiental, en el Laudato Sì se fustiga a “aquellos formadores de opinión, profesionales, medios de comunicación y centros de poder… viven y reflexionan desde la comodidad de un desarrollo y de una calidad de vida que no están al alcance de la mayoría de la población mundial” (Laudato sì, p. 16). Hay que decir que tanto quien escribe esta columna, como el autor de la encíclica, escriben desde la comodidad y un bienestar que para millones de habitantes en el mundo se torna inalcanzable.

Frente al tema de la reproducción humana, el Papa Francisco señala lo siguiente: “En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan solo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de <<salud reproductiva>>. Pero << si bien es cierto que la desigual distribución de la población y de los recursos disponibles crean obstáculos al desarrollo y al uso sostenible del ambiente, debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario”. (Laudato sì, p. 16).

No se puede negar que el poblamiento del planeta y el consecuente deterioro de los ecosistemas naturales guardan una estrecha relación con el tipo de modelo de desarrollo imperante. Por ello, la presencia hegemónica y sin control del ser humano debe ser un asunto de discusión política, económica, social y cultural, ojalá ya no mediada por el carácter divino de la acción-decisión-opción de reproducirse. En este asunto se deben concentrar las propuestas de ajuste a los modos de vida humana en la aspiración de disminuir los impactos de un desarrollo económico que tiene en la reproducción humana, en sus hábitos de consumo y en disímiles ideas de ser feliz, a las variables más importantes a controlar. 

No puede olvidar el Papa Francisco que la reproducción humana en muchas ocasiones y momentos históricos precisos obedeció a prácticas de dominación y sometimiento de la Mujer no solo por el mandato divino que la “obliga” a extender y asegurar la presencia de la especie, sino por una equívoca representación social masculina con la que se logró consolidar un mundo masculino y masculinizado, al tiempo que se disminuía a la Mujer a un mero carácter reproductivo.

Bienvenido el llamado que hace Bergoglio a pensar y activar una ecología integral que permita superar la crisis civilizatoria (cultural) que se expresa en modo de crisis ecológicas y conflictos socio ambientales. Sin embargo, el sentido del Laudato sì, a pesar de las críticas que hace a diversos actores y dinámicas económicas y políticas, continúa ancorado en la presencia preponderante de la especie humana que de tiempo atrás tiene en las culturas a su mayor obstáculo, para dar el giro que requiere hacerse en las relaciones entre sociedad y naturaleza.

Por ello, insisto en que el discurso de la sustentabilidad pasa por conflictivas consideraciones ideológicas que no solo dificultan el encuentro de soluciones integrales a los problemas generados por la presencia incontrastable de la especie humana, sino que ocultan dos asuntos claves: la finitud humana, que auspicia cambios en los modos experienciales de vida y la fragilidad de los ecosistemas naturales, la propia del ser humano y la de las otras especies, que solo parecen observar, advertir y reconocer ambientalistas y ecologistas, mientras que el grueso de la humanidad deviene distraída por prácticas hedonistas y sujeta a ideas cada vez más individualizadas de alcanzar la felicidad. 

Imagen tomada de Clarin.com

martes, 20 de febrero de 2018

Las luchas ideológicas de la sustentabilidad


Por Germán Ayala Osorio, estudiante doctorado en regiones sostenibles

La discusión contemporánea alrededor del discurso de la sustentabilidad o la sostenibilidad, emerge y se sostiene en acciones conducentes a repensar el Desarrollo y por esa vía, buscar alternativas que llevan a la Humanidad a estadios quiméricos de pos desarrollo; o quizás a encontrar quiebres y ajustes a un modelo de vida económica, social y política complejo, que se reinventa con las críticas que recibe,  las oleadas de cambio que lo  confrontan  de tiempo atrás;  y por supuesto, con sus propias maneras de resistir los embates discursivos y las protestas de ambientalistas y ecólogos políticos cada vez mejor  informados y amparados en la complejidad de los problemas y los conflictos socio ambientales que produce y reproduce la crisis civilizatoria de la que habla Enrique Leff, consecuencia clara de un desarrollo avasallador e incontrastable.

Aparentemente, con el discurso de la sustentabilidad queda superada la mirada y las lógicas lineales de lo que se llamó el desarrollo sostenible. Esta nueva apuesta discursiva y práctica, se enfrenta, de un lado, a la inercia del desarrollo, en particular a la etapa del neo extractivismo y reprimarización de la economía que exhiben varios países latinoamericanos entre ellos Colombia, en el marco de un proceso globalizador y globalizante del que se sirve el desarrollo para consolidar sus lógicas binarias; y del otro lado, a la difícil tarea de superar o proscribir, si es el caso, la ideología del progreso, tal y como la entiende Eagleton, citado por Gudynas, quien la asume como una “categoría en un sentido relacional, brindando una base  de organización  para las creencias, subjetividades y valores de los individuos  con lo que se genera  y reproduce  un cierto orden social  en sus múltiples dimensiones, desde lo individual a lo institucional[1].

A pesar de  que el discurso y la apuesta por la sustentabilidad o sostenibilidad devienen con un carácter interdisciplinar con el que se supera, aparentemente, el sentido y la perspectiva unidimensional del desarrollo sostenible, su mayor dificultad radica en que sigue atado al desarrollo como “problema inicial” a superar, sin que realmente se expongan, con claridad, cuál es ese “nuevo modelo” que lo remplace y cuáles son esas nuevas circunstancias que harían posible mantener o superar los ideales de progreso (ideología del progreso, anclada a una visión hegemónica de desarrollo) y las disímiles emocionalidades que surgen por la capacidad de comprar y vender que cada ciudadano tiene, adquiere o asume,  independiente de su condición socio-económica.

De allí que la lucha por la sostenibilidad  se va cerrando, inexorablemente, en una batalla conceptual… y lo que interesa es ir desentrañando cómo los conceptos se van incorporando en los imaginarios sociales y en los discursos  de actores contrastados[2]. Por ello, insisto, en que estamos ante un debate ideológico de extrema importancia, complejo y muy difícil de asumir, especialmente en quienes han logrado internalizar un sólido imaginario de “progreso”.

Adicionalmente, el debate político y académico que libran los aupadores de la sustentabilidad con el objetivo de posicionarlo como un “ente” ideológico tan transversal como el desarrollo, se enfrentan a sociedades en las que “el desarrollo es todavía un sueño anhelado pero también combatido: una idea que se despliega, para enseguida recibir críticas y cuestionamientos, se adapta, y se reconfigura bajo una nueva versión que se presenta como superación de la anterior, pero que vuelve a sumirse en la crisis al poco tiempo[3]. De esta forma, ese anhelo que se presenta legítimo es uno de los retos discursivos e ideológicos que enfrenta el discurso de la sustentabilidad, en su carrera por posicionarse de la misma manera como el Desarrollo lo logró desde los tiempos de la Revolución Industrial, y con el eficaz impulso de las posguerras mundiales y el consecuente triunfo del capitalismo.

Es en el escenario ideológico en el que se debe librar la lucha por posicionar el discurso de la sustentabilidad. Una vez se avance en ese ámbito, es posible que la sustentabilidad como discurso ético, gane terreno hasta llegar a permear las lógicas de una racionalidad económica que de un lado, le pone precio a todo, al tiempo que desconoce los proyectos de vida de comunidades que guardan una relación consustancial con la Naturaleza. Esas mismas comunidades indígenas y afros son asumidas por la racionalidad económica tradicional (capitalista), como ciudadanos “incómodos” porque se resisten a articularse a redes y prácticas de consumo.

En todas esas luchas aparece un factor clave: la finitud de la vida humana. Y no se trata de desconocer el problema ontológico que está presente en esta crisis civilizatoria, sino de entender y comprender que para millones de personas en el mundo, su condición finita los va llevando hacia el desinterés por los conflictos socio ambientales y el devenirlo humano; y estos se explica porque finalmente subsiste una naturalizada confianza en que la técnica,  la tecnología y el “ingenio” humano sabrán solucionar y superar los problemas generados por el desarrollo, así ello implique ajustes (extremos, quizás) en la vida cotidiana y en general, soportar las transformaciones de los entornos humanos que ya el cine de Hollywood ha sabido exponer en varias de esas películas “futuristas” en las que el ser humano ha sobrevivido a pestes y al irreversible deterioro de los ecosistemas naturales.

Al final, el discurso de la sustentabilidad debe llevarnos a unas preguntas que el desarrollo y la ideología del progreso, entre otros factores y circunstancias coadyuvaron a enterrar: ¿para qué la vida humana?; ¿cuál es el real sentido de la vida humana?; y, finalmente, ¿qué tan legítimo es mantener la existencia humana, al tiempo que se somete a la extinción y al sufrimiento la vida de otros seres vivos?

Imagen tomada de cano-cristales.com




[1] Gudynas. p. 40.
[2] Leff, Enrique. Discursos sustentables. Siglo XXI. Mèxico, 2010. p. 41-42.
[3] Gudynas, Eduardo. Debates sobre el desarrollo y sus alternativas en América Latina: Una breve guía ortodoxa. EN: Más allá del desarrollo.  Grupo Permanente de Trabajo sobre Alternativas al Desarrollo. Fundación Rosa de Luxemburgo. Quito, 2011. p..40. 

sábado, 17 de febrero de 2018

EL “FENÓMENO” PETRO

El socialismo cría ciudadanos estatizados; el capitalismo forma ciudadanos-clientes. En los dos sistemas la democracia es una formalidad.

 El capitalismo usa el mercado para someter a los ciudadanos; y el socialismo usa el asistencialismo y el control ideológico para lo mismo.

Un Estado privatizado y débil, ofrece ayudas; un Estado fuerte, asume responsabilidades.


Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

El candidato a la Presidencia, Gustavo Petro Urrego es, hoy, un fenómeno social en la plaza Pública, mas no es un fenómeno mediático dado que no cuenta con la bendición de los medios masivos privados de Colombia[1]. Y esto se explica porque en su paso por la alcaldía[2] de Bogotá, los medios masivos  capitalinos se convirtieron en actores políticos e hicieron oposición política a la gestión del entonces Alcalde Mayor;  a pesar de la persecución mediática, Petro logró  dejar una marca indeleble entre los más necesitados, en los vulnerables y en una suerte de “ejército” de desposeídos, excluidos y estigmatizados por un sistema político cerrado, por un modelo económico que, desde la perspectiva del mercado, decide quién existe y quién no cuenta para el sistema; y por una sociedad que deviene escindida, pero que intenta ocultar una lucha de clases que está ahí, como dormida, a la espera de la mecha que encienda en las calles, las disputas entre los que están adentro (ricos y clase media indolente) y los que están por fuera (pobres y miserables). Es probable que el discurso de Petro y su carácter confrontador y retador, terminen siendo esa llama que “encienda la lucha de clases”, asunto que preocupa hoy a los líderes del Establecimiento y a las empresas mediáticas.

Así entonces, Petro Urrego está hoy recogiendo lo que sembró durante su complejo y difícil paso por la administración del distrito capital: el aprecio de una masa de hombres y mujeres que para el Estado local, las élites de poder, los medios de comunicación e incluso, para la propia Iglesia, no existían o carecían de rostro humano. Petro les devolvió la identidad y la autoestima que los sistemas social, político y económico les negaron, les arrebataron.

Pero su imagen de “redentor identitario”, traspasó los límites geográficos de la capital y en varias zonas del país su discurso reivindicativo lo erige ya como un fenómeno social y político que hace recordar a muchos las candidaturas presidenciales de Gaitán y Galán. Por ello, insisto, Petro Urrego es un fenómeno social en la Plaza Pública, lo que lo convierte en un líder popular, con un alto riesgo de caer en prácticas de confrontación entre clases y, por ese camino, libere el carácter mesiánico que suelen tener ciertos líderes carismáticos con gran aceptación social y convertidos en un “fenómeno de masas”.

De inmediato, el discurso de la derecha lo tilda de populista, como si el fenómeno mismo fuera una vergüenza. “El populismo no es un fenómeno vergonzoso de coyuntura. Es una fuerza crucial en la democratización del régimen político y económico, pues incorpora las grandes masas a la política y a los beneficios del desarrollo, aunque no pocas veces sirve a regímenes de derecha[3] .

Convertido el concepto y la categoría Populismo/populista en una suerte de “muletilla ideologizada”, va perdiendo sentido y en ese proceso de “vaciamiento” de su contenido histórico y el carácter propositivo, sirve a los propósitos de aquellos que le temen a un líder carismático que agite las banderas de la reivindicación social de las mayorías excluidas y proponga cambios en las correlaciones de fuerza al interior de un Establecimiento que deviene debilitado moralmente por los altos niveles de corrupción alcanzados y por el carácter mezquino y cicatero de sus élites más connotadas.

El populismo como fenómeno recurre en últimas a depositar en el pueblo la posibilidad de que sea el agente con determinación estatal que puede cambiar las condiciones sociales, económicas y políticas de la sociedad, pero, ¿què significa el pueblo[4]? Intuitivamente podemos considerar que estaría constituido por <<los de abajo>>… se han definido como populistas aquellas formas de la política por las cuales <<el pueblo, es considerado como conjunto social homogéneo y como depositario exclusivo de valores positivos, específicos y permanentes…”[5].

Así entonces, mientras el discurso petrista toma fuerza en la calle y su líder y promotor se hace fuerte en las encuestas y llena plazas públicas, sus opositores hurgan en las realidades sociales, políticas y económicas de Venezuela, para señalar a Petro de ser el “Chávez colombiano” que nos llevará por el camino del “Castrochavismo”.

Como ejemplo de las confusiones conceptuales que genera la Prensa, está el punto de expropiar por vía administrativa (Petro habló de comprar) aquellas tierras improductivas, que fue tomado como parte del modelo de estatalización (nacionalización) propio del viejo régimen socialista soviético (la antigua URSS). De allí que Petro genere miedo y la prensa de derecha lo acerca al llamado “modelo venezolano”. Quizás por ello cobra sentido el calificativo de “populista”, en particular cuando se lee mal la señalada propuesta, que preocupa a ganaderos, latifundistas, mafiosos y “empresarios” del campo que especulan con la propiedad de la tierra. Es la especulación inmobiliaria a la que Petro buscaría atacar y no la propiedad privada, base fundamental del actual modelo de desarrollo económico.

Petro representa la esperanza para cientos de miles de ciudadanos y proto ciudadanos que, cansados de promesas no cumplidas por parte de Partidos Políticos y los políticos tradicionales, y especialmente, hastiados de la corrupción (del ethos mafioso), entienden que llegó el salvador, el Mesías. Un Mesías de izquierda, eso sì, contrario en sus propuestas, al populismo de derecha que agentes del Régimen, los presidentes en ejercicio siempre han exhibido y aplicado. Baste con nombrar las políticas y los programas asistencialistas de Uribe y Santos para entender que el populismo de derecha se enmascara, hábilmente, en acciones y programas que han legitimado y convertido el clientelismo en una práctica política institucionalizada. Hablo del desafortunado programa de Familias en Acción, estrategia clientelista-populista usada por Pastrana, Uribe y Santos para mitigar el malestar social y por esa vía, hacer aún más tramposa a la pobreza. Sobre esa base práctica y conceptual, quienes aplicaron dicha política no buscaban edificar una ciudadanía activa y capaz de exigir derechos, sino, consolidar esa relación lastimera y mísera entre unos casi súbditos y un Estado asistencialista.

De esta manera, Gustavo Francisco Petro, como candidato presidencial, es hoy un fenómeno social y político que, sin contar con el apoyo de la Gran Prensa bogotana, puede llegar al Solio de Bolívar y vencer a las maquinarias bien aceitadas del también candidato presidencial de la derecha y la ultraderecha, Germán Vargas Lleras y las ya envejecidas estructuras clientelares de Uribe Vélez, puestas, hasta el momento, al servicio de su ungido, Iván Duque Márquez.

Petro: un perfil retador

Nadie puede negar que las propuestas de Petro son viables y sobre todo, de urgente aplicación. Se suma a lo anterior, que el ex alcalde de Bogotá tiene una enorme capacidad analítica y oratoria, que le permitió, recientemente, resistir la embestida de la periodista[6] Vicky Dávila[7], quien no pudo llevarlo por el camino sinuoso que siempre ella propone a quienes considera “peligrosos” para el Establecimiento que ella defiende en su rol de “periodista incorporada[8]”.

No hay tema en el que Petro no exhiba dominio conceptual de los hechos y las circunstancias que rodean a los problemas que le plantean académicos, técnicos o periodistas. Digamos entonces que Petro es un candidato “completo”: tiene un carisma focalizado en lo popular, es inteligente, pero… es retador y puede, por esa vía, tramitar en el ejercicio del poder, las angustias que le producen los pobres y el proceso de reivindicación de clases que quedó trunco al momento de dejar la lucha armada,  y que aplazó por largos años al cumplir con lo acordado en la época y de actuar dentro de la institucionalidad en su aplaudido papel como Congresista.

Por los registros que se tienen de sus presentaciones en las plazas públicas en donde se viene presentando y por la imagen entregada por las encuestas, es probable que Petro pase a la segunda vuelta presidencial. Dudo que logre un triunfo en primera vuelta, aunque en estos escenarios electorales todo puede pasar. Ya en ese escenario, lo más probable es que los sectores de la izquierda que hoy acompañan a Fajardo terminen con Petro Urrego, claro está, sobre la base de que Fajardo llegue débil a esa instancia o simplemente no pase de la primera vuelta.

¿Qué le falta a Petro? Además de maquinaria, darle manejo a ese espíritu vindicativo con el que parece entender la división de clases y la lucha por asegurar bienestar a esas grandes masas de outsiders que esperan la llegada de su salvador.

Si Petro logra concretar en votos la presencia masiva de colombianos en sus eventos proselitistas, y se convierte en Presidente, tiene dos caminos: uno, gobierna para los pobres y hace reformas sociales ancoradas en un oneroso proyecto  económico con el que buscará “acabar con la pobreza”; o dos, transa con esa parte del Establecimiento que sea capaz de reconocer la inviabilidad del actual Régimen de poder y por esa vía, generar las condiciones institucionales y la institucionalidad suficientes para llevar al país por los caminos de reformas sustanciales que no solo reivindiquen la vida de ese “pueblo” que le sigue, sino que permitan consolidar una idea de Estado moderno que sea defendida por una sociedad que debe tener ese mismo talante. Ahora bien, en cualquier sentido, cuatro años serán siempre insuficientes para transformar las difíciles condiciones en las que han operado históricamente el Estado, la sociedad y el mercado.

El modelo de Estado que tiene Petro en mente es viable siempre y cuando transe con el viejo Régimen de poder. De no hacerlo, sus deseos y anhelos de reivindicar la vida y los derechos de los más pobres lo podrán llevar a una suerte de modelo estatista que en lugar de consolidar una renovada ciudadanía en sus seguidores y apadrinados, y en los que por extensión se reconozcan en sus ideas, termine por crear “neo súbditos”, es decir, mendigos de un Estado que no ofrece bienestar estructural, sino paliativos coyunturales.  
De conquistar el poder el 17 de mayo próximo, y de no transar con el Establecimiento, tanto Vargas Lleras y Uribe harán todo lo que esté a su alcance para “hacer invivible la República”, con el apoyo de la Gran Prensa. Ese riesgo lo conoce Petro, pero dudo que sus fieles seguidores comprendan lo que se puede venir para el país si ese escenario llega a darse. Amanecerá y veremos.

Imagen tomada de El Espectador.com





[1] Contrario lo que sucedió con Uribe Vélez, quien logró que la Gran Prensa se hincara ante su imagen carismática, su violento carácter y sus formas coloquiales de expresarse y de hablarle al “pueblo”.
[3] De la Torre, Cristina. Álvaro Uribe o el neopopulismo en Colombia. La Carreta Política. 2005. p.23.

[5] Santamaría Vergara, Orlando. ¿Neopopulismo o neoliberalismo? Universidad Distrital Francisco José de Caldas. 2007. p. 18.
[7] Días después de la entrevista, la periodista Victoria Eugenia Dávila, conocida como Vicky Dávila, invitó al mismo set al candidato de la derecha y la ultraderecha, Germán Vargas Lleras. La periodista le permitió a Vargas Lleras que dedicara buena parte de la entrevista a despotricar y criticar las propuestas de gobierno de Petro. Lo sucedido hace parte de una muy bien tejida estrategia mediática de evitar confrontar propuestas, y permitir en su lugar, que los candidatos de la Derecha asusten al electorado con el fantasma del Castrochavismo y del populismo de izquierda.

viernes, 16 de febrero de 2018

Dos caminos, varios caminantes

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Los resultados de las elecciones de 2018 en Colombia podrán significar para el país, trasegar en dos direcciones: de un lado, la posibilidad de que Colombia empiece a caminar en una dirección contraria en materia de racionalidad política, económica y sobre todo, cultural, sin que ese camino propuesto nos lleve al “modelo venezolano” que, hábilmente convertido en fantasma por la Derecha, puede jugar un papel protagónico el próximo 17 de mayo; y del otro lado, un trazado que simplemente dé continuidad a los problemas históricos del país, esto es, mantener inmodificables las correlaciones de fuerza al interior de un Régimen que parece inexpugnable, a pesar de su inocultable ilegitimidad y debilidad moral.

Esos dos caminos posibles y las apuestas ético-políticas para transitarlos, se harán antagónicas no solo por el contenido mismo de la propuesta del candidato a la Presidencia que resulte ganador, sino por el carácter de quien vaya a dirigir los destinos de la Nación por los siguientes cuatro años.

En esta oportunidad propongo una caracterización de los candidatos presidenciales, antes de las consultas que se producirán en las elecciones del 11 de marzo.

En el itinerario que nos llevará por los caminos de la continuidad y en la perspectiva de “cambiar para que todo siga igual”, ubico a los candidatos Iván Duque (el ungido de Uribe), Alejandro Ordóñez Maldonado (el anulado Procurador), Martha Lucía Ramírez (ex ministra de Defensa de Uribe), Germán Vargas Lleras (ex ministro de Santos), Sergio Fajardo y Vivian Morales (“La Mesías”); en la dirección que nos pueda llevar a nuevos escenarios y en particular, a cambios sustanciales en las formas como opera el poder, esto es, superar el ethos mafioso  que guía tanto a la clase empresarial y política, sino al grueso de la sociedad, y de forma paralela hacer la transición política de la guerra a la paz, ubico a los candidatos Humberto de la Calle y Gustavo Petro Urrego. 

Eso sí, con un matiz que tiene que ver con el carácter de estos dos curtidos políticos: el ex vicepresidente de Samper (renunció cuando explotó el escándalo del 8.000) exhibe un espíritu aplomado, sosegado y sereno que lo hace proclive a conciliar y a buscar los consensos que necesitará consolidar para avanzar hacia un estadio distinto en lo político, económico y cultural. Por el contrario, el ex alcalde de Bogotá hace alarde de un carácter confrontador que no solo genera preocupación en los líderes del Establecimiento, sino entre los seguidores que pueden hacer disquisiciones que superan el apasionamiento que ya exhiben muchos de sus seguidores que se expresan, por ejemplo, en las redes sociales.

Pero intentemos caracterizar a aquellos candidatos que están dispuestos a recorrer los caminos de la continuidad y que a dentelladas defienden el Establecimiento, del cual, de diversas maneras, se han servido. Inicio con Iván Duque. Se trata de un joven político que desde ya funge como una suerte de “marioneta” de quien no solo opera como el dueño del Centro Democrático, sino de las ideas que Duque hoy repite sin mayor análisis y convicción. Su suerte será definida en una consulta de la que nadie puede hoy, asegurar un resultado que le favorezca.

De Alejandro Ordóñez Maldonado bastaría con señalar que violó la Constitución y se hizo reelegir Procurador General de la Nación con todo tipo de argucias. Se trata de un fanático religioso que después de haber convertido el edificio de la Procuraduría en una suerte de abadía desde donde emprendió cruzadas contra impíos y en un centro de operaciones clientelistas, ahora posa como guía moral y “enemigo” del Régimen del cual se benefició durante sus casi 8 años manejando, a su antojo, los destinos de la Procuraduría General de la Nación.

Entre tanto, Martha Lucía Ramírez representa el oportunismo político. Con una apuesta ideológica y política acomodaticia, la ex ministra está pescando en el río revuelto de la crisis de credibilidad que de tiempo atrás persigue a Uribe y al sector de la Derecha que lo acompaña, quien a pesar de seguir siendo un gran elector, entiende que en esta oportunidad no podrá competir con la muy bien aceitada maquinaria de Germán Vargas Lleras. De allí que el resultado de la consulta del 11 de marzo poco importa, porque ya Uribe y el ex ministro de Santos pactaron unirse en segunda vuelta para “retomar el rumbo del país”.

De Vargas Lleras hay que decir que su carácter violento, que lo acerca a la condición de patán, le permite superar con creces a quien ofreció a “alias la Mechuda darle en la cara marica” y a quien Santos calificara como “rufián de esquina”. Con un agravante: Vargas Lleras está desesperado porque ser Presidente de la República es más que un anhelo, es una obligación de sangre.

En cuanto a Sergio Fajardo, hay que señalar que su "tibieza discursiva" y su reciente pasado político en su tierra lo instalan con fidelidad en esa parte del Establecimiento que insiste en "cambiar para que todo siga igual". El episodio que se conoce como "DonBernabilidad" es una mancha en la credibilidad que quiere proyectar. Fajardo juega a la decencia, en medio de la ilegitimidad de un Régimen corrupto y criminal. 

Y Vivian Morales es una suerte de “Mesías” que salvará al país de los efectos que dejó el “rayo homosexualizador”. Con su lema de campaña, “Dios y con la Constitución se gobierna esta Nación”, la confundida senadora Liberal se erige como un faro moral para una sociedad que ella considera que extravió sus valores tradicionales, de allí que se vea en la necesidad de desconocer la condición laica del Estado.  Por coherencia ideológica, debería de militar en el Partido Conservador. 

La candidatura y proyecto político de la Farc, en cabeza de Rodrigo Londoño, propone un tercer camino posible para el país, del que muy seguramente pocos, por ahora, están dispuestos a recorrer de la mano del ex comandante guerrillero. Mientras su modelo político y económico siga siendo el viejo modelo soviético (de la antigua URSS), serán muy pocos los seguidores y simpatizantes que logrará para su causa política. Y mucho menos será posible que en esa dirección camine una sociedad que, dividida en clases, aún no hace conciencia sobre la necesidad de modificar sustancialmente el modelo económico y político, sin que ello signifique que ese modelo socialista sea el único posible. Más le vale a la dirigencia del Partido de la Rosa,  escuchar a Pepe Mujica para entender que generando riqueza, se superan tanto la pobreza como la exclusión; y que no es a través del estatismo que se superan los problemas que viene generando el “capitalismo salvaje”. Una recomendación final a los señores de la Farc: demuestren que pueden administrar el Estado, iniciando en los ámbitos local y regional. Que hayan administrado con éxito la empresa de la guerra, no quiere decir que estén preparados para manejar un Estado que continúa en proceso de consolidación. 

Así entonces, para estas elecciones de 2018, el país decidirá entre dos caminos: el de dar continuidad al actual Régimen de poder, o hacerle modificaciones para lograr que gane algo de legitimidad y moralidad. Hay varios caminantes, con disímiles talantes. Cada quien elegirá de acuerdo con sus intereses (clientelistas para muchos), gustos en materia del carácter que cree debe tener quien se atreva a “gobernar” en (a) Colombia y otros tantos, guiados por las manipulaciones de la Prensa. 



Imagen tomada de Semana.com

lunes, 12 de febrero de 2018

EL ESTADO COMO TEMA DE CAMPAÑA

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Los temas que la gran prensa bogotana y los candidatos presidenciales intentan posicionar en la actual coyuntura electoral de 2018, tienen que ver con combatir la corrupción, la inseguridad en las calles, ajustar el modelo de desarrollo extractivo y mejoramiento del aparato productivo que finalmente lleve al país a detener el proceso de reprimarización de la economía; la calidad de la educación, disminuir la pobreza y avanzar en equidad; y finalmente, y perdiendo cada vez más  fuerza en la opinión pública y publicada, asegurar el éxito del proceso de implementación del Acuerdo Final, firmado con las Farc.

Si miramos con atención, las posibilidades de avanzar en cada uno de los temas-problemas propuestos por los candidatos a la Presidencia, así como las formas y los procedimientos para asegurar la superación de las dificultades más apremiantes del país, pasan por la construcción y consolidación de un Estado-nación que le sirva a todos, sobre la base de una compartida idea de lo colectivo y de lo público.

Si en algo parece haber consenso académico es que Colombia es un Estado débil, precario, en proceso de consolidación por las formas diferenciadas en las que hace presencia en determinados territorios, y cooptado y capturado por mafias de todo tipo, sostenidas en muchas ocasiones por los propios Partidos Políticos. Al escuchar a los candidatos, pocos o casi que ninguno alude a la imperiosa necesidad de consolidar un Estado eficiente, decente, moralmente superior a sus asociados; y capaz de proponer un orden jurídico-político legítimo, justo, viable y perenne.

A lo mejor, saben que asumir esa tarea implicaría desmontar el actual régimen de poder y ninguno está dispuesto a proponerlo y mucho menos, a intentarlo si alguno de los presentes candidatos llega a la Casa de Nariño. Quizás recuerdan lo que sucedió con Álvaro Gómez Hurtado, quien habló, en el contexto del Proceso 8.000, de desmontar el Régimen de Poder. El ex designado a la Presidencia señaló: “El régimen transa las leyes con los delincuentes, influye sobre el Congreso y lo soborna, tiene preso al Presidente de la República…Samper es una persona llena de buenas intenciones, pero está preso por el establecimiento. No puede hacer nada, está rodeado de intereses creados. Con los jueces pasa lo mismo… El régimen es un conjunto de complicidades. No tiene personería jurídica ni tiene lugar sobre la tierra. Uno sabe que el Gobierno existe porque uno va a Palacio y alguien contesta, que resulta ser por ejemplo el Presidente de la República, y va al Congreso y ahí sale su presidente, pero el régimen es irresponsable, está ahí usando los gajes del poder, las complicidades. El Presidente es el ejecutor principal del régimen, pero está preso. A mi me da pena repetirlo, pero el Presidente es un preso del régimen. El régimen es mucho más fuerte que él, tiene sus circuitos cerrados, forma circuitos cerrados en torno de la Aeronáutica Civil, de las obras públicas, de los peajes, y en ellos no deja entrar ninguna persona independiente".(Revista Diners 303, junio de 1995).

Así entonces, cada candidato a la Presidencia habla de los temas que cree que maneja, o supone que les preocupan a las grandes mayorías. Por ejemplo, Vargas Lleras habla de recuperar la seguridad con sus frentes ciudadanos (¿nuevas Convivir?), pero no advierte varios asuntos problemáticos: el Estado colombiano no conserva, para sí, el monopolio de la renta, de la justicia y de la violencia. La solución que expone el candidato de la Derecha y la ultraderecha, la piensa asentar sobre debilidades estructurales del Estado[1], que se expresan en la lábil institucionalidad que exhiben las instituciones comprometidas en los objetivos que se propone alcanzar Vargas Lleras: la Policía y la propia Fiscalía, por ejemplo.

Los demás candidatos aluden a temas similares, sin entrar en la discusión alrededor del tipo de Estado[2] que tenemos y hemos construido entre todos los colombianos, por acción u omisión. De la debilidad y de la precariedad del orden político establecido se han beneficiado, históricamente, una clase dominante a la que jamás le interesó consolidar un orden justo, con sentido de lo colectivo. Por el contrario, a esa misma élite le conviene mantener la labilidad estatal porque su riqueza. fortuna y su poder político lo han alcanzado gracias a esa circunstancia contextual.

Marco Palacios, en su libro Entre la legitimidad y la violencia, Colombia 1875-1994, señala que “desde sus orígenes el Estado republicano se había mostrado incapaz de asegurar la estabilidad política. Los partidos y sus facciones luchaban por conducir administraciones en bancarrota crónica… la fragilidad de la administración pública puede explicarse en buena medida por su incapacidad de extraer impuestos a las clases propietarias que, con diversas razones y ardides, redujeron el reino de la ciudadanía a los electores calificados  y ampliaron el universo de contribuyentes a todos los consumidores. El Estado colombiano, al igual que todos los latinoamericanos  y aun muchos europeos, puso patas arriba  uno de los principios clásicos de la democracia que pretendía practicar: <<no hay impuestos sin representación>>. La abrumadora mayoría de los habitantes  tenía sus derechos políticos recortados y sostenía con sus impuestos un Estado que representaba los intereses de las clases altas (Norma- Vitral. 1994. págs. 44-46).

Por lo anterior, ni Vargas Lleras, De la Calle, Fajardo,  Petro, Caicedo y mucho menos Ordóñez, Duque y Ramírez,  se atreven a cuestionar a quienes haciendo parte del Establecimiento, solo han trabajado para mantener la flaqueza estatal. Por ello no cuestionan al banquero Luis Carlos Sarmiento Ángulo, y a las cabezas visibles de los otros emporios económicos que se han fortalecido a costa del Estado y de su negativo proceso de consolidación como un tipo de orden justo.

Así entonces, al escuchar las “propuestas” de los candidatos presidenciales, queda la sensación de que sus aspiraciones políticas no solo son de corto plazo o coyunturales, sino que la  eventual llegada de cualquiera de ellos al Solio de Bolívar, obedecería  más a la aspiración, propia de ególatras,  de “quedar” en la historia política del país, que realmente buscar la transformación de lo que por años viene funcionando mal a lo largo y ancho del territorio nacional.  

El primer paso para consolidar un Estado justo, legítimo y viable, pasa por la necesidad de proscribir el ethos mafioso que ha guiado a los políticos profesionales en Colombia, a gran parte de la clase empresarial y al grueso de agentes de la sociedad civil y a una parte importante de la sociedad. El segundo, se daría a partir de la firma de un real Pacto Político entre los verdaderos dueños del país, quien gane la Presidencia y el grueso de la sociedad. Para dar ese segundo paso, todos tenemos que sentirnos avergonzados del tipo de Estado que hemos construido y asumido.





viernes, 9 de febrero de 2018

¿Hordas o detractores políticos?


Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Los registros audiovisuales de las protestas, desmanes, silbatinas y acciones violentas de rechazo que mostraron varios grupos de ciudadanos en contra de la presencia del candidato presidencial de la Farc[1], Rodrigo Londoño[2], dan cuenta no solo del nivel de exasperación que genera la imagen y lo que representa para estos detractores el ex líder militar de esa extinta guerrilla, sino de una actitud tozuda de unos ciudadanos que desconocen y se  oponen a la participación política de los antiguos guerrilleros y por esa vía, niegan la legitimidad del Acuerdo Final negociado en La Habana y firmado en el teatro Colón de Bogotá. A lo anterior se suman, por supuesto, las acciones incivilizadas de quienes lanzaron piedras y tomates contra el candidato presidencial, su caravana y los vehículos. No se descarta la presencia de azuzadores provenientes o simpatizantes del Centro Democrático[3], hecho que haría parte de las sucias estrategias electorales de un entorno político caracterizado por la polarización política e ideológica.

Lo acontecido en lugares específicos de Armenia, Cali y Yumbo confirma lo difícil que será construir escenarios de paz, “reconciliación” y respeto por las ideas contrarias, en particular alrededor de las que quieren exponer en la plaza pública los antiguos miembros de las Farc-Ep. Aunque se trata de manifestaciones menores, a juzgar por el número de participantes de los hechos y las  refriegas registradas en las tres localidades, el nivel de violencia, verbal y física, pueden terminar alentando a quienes puedan estar dispuestos a pasar a acciones mayores, como atentar contra la vida del candidato presidencial del partido de la rosa. La decisión de suspender la campaña política por parte del partido Farc[4], hasta que no tengan plenas garantías por parte del Estado colombiano, muy seguramente obedece a un análisis del riesgo que corre la extensión de las protestas en número y en niveles de violencia y provocación.

Quienes se manifiestan en contra de las ideas de ese Otro al que consideran un contradictor político, lo hacen amparados en un principio democrático que hace legítima la protesta, sin que se extienda dicha validación, a las vías de hecho tal y como sucedió en Cali, Yumbo y Armenia. Quienes llevaron su malestar a las vías de hecho y a las acciones de violencia física, se acercaron peligrosamente a la condición de delincuentes comunes, la misma que muy seguramente reconocen o endilgan a la figura de “Timochenko”, dado, muy seguramente, porque los amotinados exhiben un pobre capital cultural que no les alcanza para advertir que el señor Londoño es un “delincuente político” en vías de ser procesado por los crímenes cometidos en razón del levantamiento armado; y que su presencia como candidato presidencial obedece a una negociación política con la que se puede estar o no de acuerdo, pero que debemos reconocer en tanto se hizo en nombre del Estado colombiano.

La incapacidad para entender y aceptar el sentido y la conveniencia de una negociación política compleja como la que se dio en La Habana para evitar más muertes de civiles, soldados y guerrilleros, es la misma que muy seguramente tienen  los rabiosos manifestantes para señalar como responsables de lo acontecido durante 53 años de conflicto armado interno a la clase política, dirigente y empresarial que, por ejemplo, ayudó a crear y apoyó a los grupos paramilitares que curiosamente, pocas actividades contra insurgentes desarrollaron; y más bien, se dedicaron a violentar y desplazar indígenas, afrocolombianos, colonos y campesinos, para que las tierras abandonadas pasaran a manos de latifundistas, ganaderos y agentes de la agroindustria (palmicultores y cañicultores).

Eso sí, no se puede dejar de señalar que la campaña presidencial de la Farc no solo es prematura, sino provocadora, lo que por supuesto no valida los hechos de violencia registrados contra el ex comandante fariano. Y es provocadora, por el nivel de polarización que subsiste en el país de tiempo atrás; además, resulta provocadora porque, por varias circunstancias contextuales, la JEP no está en operación. Por lo anterior, hubiera sido preferible que Rodrigo Londoño aplazara su aspiración política hasta tanto no compareciera ante este tribunal para saldar sus cuentas con la justicia, en el marco del modelo de justicia restaurativa (justicia transicional) acordado en La Habana.

Mientras la Farc toma medidas y el Gobierno ofrece  y garantiza a los desmovilizados y reincorporados desarrollar actividades electorales, convendría que medios de comunicación, la Iglesia Católica y las otras comunidades religiosas, la Universidad y otros agentes de la llamada sociedad civil, adelanten actividades y acciones pedagógicas para intentar que la horda  de manifestantes entiendan los límites de la protesta y comprendan que el Acuerdo Final es un hecho político y jurídico cumplido. Y que entiendan las diferencias que hay entre pertenecer a una horda de incivilizados, o de respetuosos y civilizados detractores políticos que, dispuestos a discutir y dialogar en torno a  unas ideas que, controvertibles o no, siempre hicieron parte de la historia del país.

Ese mensaje pedagógico que podamos llevar a los detractores de la Farc y a las mismas hordas ya referidas,  debe girar en torno a una idea central: la negociación política la hizo el Estado. Quienes no compartan la decisión adoptada por el Gobierno de Santos tienen caminos jurídicos para exponer lo que consideran inválido o ilegal de lo firmado en el teatro Colón. Por ello, resulta primitivo y poco racional insistir en el uso de la violencia, las vías de hecho y en acciones para eliminar al Otro, solo porque no piensa como nosotros, o porque en particulares circunstancias fue mi victimario.



Imagen tomada de Semana.com







lunes, 5 de febrero de 2018

Ecología Política: la última esperanza de cambio

Por Germán Ayala Osorio, estudiante doctorado en Regiones Sostenibles

En varias columnas anteriores[1] he expuesto mi pesimismo en torno al futuro de la humanidad, por las  crisis ambientales[2] y los conflictos socio ambientales[3]  suscitados por la forma como hemos asumido no solo las relaciones con la Naturaleza[4], sino entre nosotros mismos.

En un texto en particular,  señalé que es tarde para la sustentabilidad[5]. Sin embargo, al leer acerca de la Ecología Política (EP) encuentro algunas ideas sobre las cuales es posible sostener la esperanza de poder reversar, o quizás apenas morigerar los efectos negativos que como especie dominante le producimos al Planeta; eso sí,  no puedo dejar  de señalar los obstáculos a los que se enfrentan quienes siguen, practican y fomentan las ideas y las orientaciones de este campo ambiental  y por supuesto, los que debe afrontar la Ecología Política misma como paradigma. Sobre este asunto me referiré al final de esta columna.

Para entender de dónde provino o, a través de qué hechos, contextos y circunstancias fue posible llegar a la Ecología Política, hay que recordar al “viejo ambientalismo”, las luchas ideológicas de los años 60 y 70. La ecología política surge como la prolongación de las ideas de 1968 (Gortz) y constituye uno de los principales recipientes  de la <<revolución de las consciencias políticas, del cuestionamiento existencial>> de esta época (Cohn-Bendit)”[6].

Es decir, la Ecología Política se sostiene en unos mitos fundantes que aportan a su caracterización como una suerte de “macro” ideología, capaz de aglutinar disímiles perspectivas y voces, conducentes, por supuesto, a la generación de consensos alrededor de lo insostenible que resulta mantener el actual proyecto humano, ancorado en un modelo de desarrollo[7] extractivo y en un tipo de sociedad consumista que asume las relaciones entre los seres humanos y la Naturaleza desde un anacrónico antropocentrismo.  

Entiendo la Ecología Política (EP), como diría Bourdieu, como un campo de lucha, que se torna conflictivo por los enfrentamientos que promueve o genera entre paradigmas, sistemas de pensamiento, ideologías y apuestas discursivas que giran en torno al tipo de relaciones que el ser humano viene estableciendo de tiempo atrás con la Naturaleza. La EP apunta a la generación, por la vía cultural, de un ser humano integral (coherente entre vida pública y vida privada), solidario con su propia especie, con las otras, y responsable con la Naturaleza. Un  ser humano consciente de su lugar en el mundo, más allá de identidades en las que suele ocultar su propensión a someter al Otro y a la Naturaleza.

Algunos autores, como Dobson, asumen la EP como “un conjunto de ideas con respecto al medio ambiente, las cuales pueden ser consideradas propiamente como una ideología: la ideología del ecologismo (1997)”. Entre tanto, Ilich y Gorz, manifiestan que “la ecología política es una herramienta radical y holística de transformación social[8]. De igual manera, aparece Marcellesi quien asume este campo de acción, de reflexión y de estudio de los problemas  y los conflictos socioambientales, como “una crítica transformadora de la sociedad productivista y como acción política en busca de sentido y radicalidad democrática.  Al introducir el concepto de supervivencia humana, la ecología política desarrolla un análisis crítico del funcionamiento y de los valores de nuestras sociedades industriales y de la cultura occidental”.  Lipietz también participa de la discusión sobre el sentido de la EP, y recuerda que mientras que en su origen la ecología era una disciplina científica, <<la ecología de la especie humana difiere de la ecología de las demás especies animales, puesto que los seres humanos – al contrario del resto de las especies- son animales no solamente sociales, sino también políticos>>.

Quienes promueven la Ecología Política, entran en total contradicción con la operación del Estado moderno, en la medida en que representa una forma de dominación, en especial cuando desde las instancias de poder estatal se han promulgado y aupado toda suerte de políticas ambientales sectoriales de corte mono disciplinar, que han hecho posible transformar los ecosistemas hasta hacer posible la desaparición de especies, comprometer el equilibrio ecológico y por esa vía, poner en cuestión tanto la viabilidad del “proyecto” humano, como la  dignidad humana de millones de seres humanos que viven en extremas condiciones de pobreza y miseria.

El ya referido Marcellesi señala que “de antemano descartaremos cualquier relación entre el marxismo ortodoxo y la ecología política. Hemos definido un ecologismo opuesto al colectivismo, a cualquier forma de violencia y de dictadura (del Estado, del Partido, del proletariado) y, sobre todo, al productivismo, ya sea capitalista o socialista”.

Entre tanto, Enrique Left sostiene que “la ecología política es la política de la reapropiación  de la naturaleza. Sus estrategias no solo orientan las aplicaciones del conocimiento, sino que se plasman en una lucha teórica por la producción y la apropiación  de conceptos  y en una disputa  de sentidos en el campo discursivo de la sustentabilidad[9].

Ahora bien, termino esta columna aludiendo a los obstáculos con los que ya se enfrenta la Ecología Política, y quienes hacen ingentes esfuerzos por convertirla en el paradigma de cambio y quizás la última oportunidad, discursiva y práctica, de pasar la página del desarrollismo y del consumismo.

Un primer obstáculo está determinado en y por el ser humano mismo, esto es, la condición humana. Otra dificultad radica en la inercia de la sociedad moderna y de los procesos modernizantes echados a andar de tiempo atrás. Otro limitante tiene que ver con asumir la EP como una ideología totalizante cuando aún no se han superado viejas luchas ideológicas entre Izquierda y Derecha, o entre Capitalismo vs Socialismo. De igual manera, reconozco como fuertes obstáculos para la consolidación paradigmática de la EP, a los sistemas de dominación consolidados, porque será muy difícil echar para atrás lógicas de dominación y transformación de la Naturaleza.  

A todo lo anterior, se suma la extrema pobreza de millones de habitantes y la inmensa riqueza concentrada en unos pocos (inconciencia ambiental compartida por unos y otros), circunstancias estas convertidas en una suerte de círculo vicioso insuperable. Y finalmente, un gran impedimento está dado  por los discursos que niegan la complejidad del ser humano y de la sociedad; en particular, el discurso de quienes creen que los problemas ambientales, todos, encontrarán solución en los avances de la técnica y la tecnología, de allí que se intenten negar las crisis ambientales y los conflictos socio ambientales.

De todas formas, hay que guardar la esperanza de que como especie podamos reversar lo hecho hasta el momento, para generar unas nuevas relaciones entre el ser humano y la Naturaleza. Relaciones que deberán ser consustanciales, lo que implica abandonar el paradigma del antropocentrismo.




Imagen tomada de: allevents.in


[6] Tomado de Florent Marcellesi, Ecología Política: génesis, teoría y praxis de la ideología verde. Cuadernos Bakeaz 85. Movimientos sociales. p. 2.
[8] Ibid. p. 2. Marcellesi.
[9] Left, Enrique.  Racionalidad aambiental, la reapropiación social de la Naturaleza. Siglo XXI editores. México. p. 270. 

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