Nueva Publicación: Investigación sobre dos asentamientos informales de la ciudad de Cali. 2018

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2 asentamientos: Los Samanes del Cauca y Navarro, ubicados en el jarillón del río Cauca.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.
Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

miércoles, 4 de julio de 2018

A PROPÓSITO DE LA ELIMINACIÓN Y DE LOS ELIMINADOS


Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Debido al “duelo nacional” por la eliminación de la Selección Colombia de Fútbol de Mayores del Mundial de Rusia (2018) y a los asesinatos sistemáticos de líderes y lideresas sociales, medioambientales y reclamantes de tierras, decidí recuperar una columna[1] que escribí el 2 de diciembre de 2016. Si bien los hechos que motivaron la redacción de dicha columna son diferentes a los que hoy ocupan a la opinión pública y a la Gran Prensa futboleras, estos comparten una misma circunstancia social y psicológica: la selectiva solidaridad que exhiben los colombianos cuando se trata de acompañar a las víctimas de la violencia política (paramilitar) que se resiste a desaparecer en Colombia, a pesar del proceso de paz adelantado entre el Gobierno de Santos y las Farc.

Hoy, hay drama por la eliminación del combinado nacional, como lo hubo en su momento cuando el pueblo futbolero se lamentó por la lesión del delantero, Radamel Falcao García[2]. Pero subsiste poco interés mediático, gubernamental y social por la empresa criminal, estatal y privada que está detrás de la muerte de más de un centenar de líderes y lideresas desde 2016.

Recupero esta columna con el propósito de llamar la atención de aquellos sectores sociales a los que les duele más la pérdida de un partido de fútbol, que la vida de cientos de compatriotas asesinados con la anuencia del Estado. Es claro que como sociedad debemos revisar muy bien el lugar que le damos al fútbol, frente al que le damos a la vida y a la imperiosa necesidad de asumirnos como ciudadanos solidarios y críticos de un Régimen de poder que coadyuva a la desaparición física y cultural de indígenas, afro colombianos y campesinos.


El escenario no podía resultar más conmovedor: el estadio Atanasio Girardot, de Medellín, Colombia, repleto de hinchas del fútbol, afligidos y en franca actitud de  acompañamiento a los familiares de los jugadores del equipo que enfrentaría al Atlético Nacional, en el primer partido de la final (Copa Sudamericana), y que murieron en el siniestro aéreo registrado muy cerca del aeropuerto de Rionegro.

Resulta difícil no conmoverse ante semejante tragedia: un avión, en el que viajaba el equipo de fútbol Chapecoense, del Brasil, se precipitó a tierra, con el saldo trágico que la opinión pública, nacional e internacional, ya conoce.

La convocatoria a honrar, masivamente, la vida de los jugadores que murieron en el siniestro aéreo, se explica por el lugar que le hemos dado al fútbol, como deporte espectáculo. Anclado en lo más profundo de las entrañas de millones de colombianos, el fútbol convoca, atrae, distrae, mueve y conmueve a las masas, aupadas, claro está, por la fuerza arrolladora y enceguecedora de los Medios masivos. Hasta allí una simple constatación cultural.

En cualquier circunstancia en la que la muerte se presente ante nosotros, a través de los Medios masivos, queremos saber quién murió, cómo murió y por qué murió. Pero ello no se traduce, inexorablemente, en que el insuceso de expiración de la vida, registrado bajo la selectiva lógica noticiosa, haga que pasemos de la curiosidad, a la solidaridad.

Prueba de lo anterior es el asesinato selectivo de líderes sociales, indígenas, campesinos,  defensores de derechos humanos y del medio ambiente, así como de reclamantes de tierras y militantes de Marcha Patriótica. La cifra da cuenta de más 70 ciudadanos asesinados, solo en 2016.  A pesar del registro noticioso y de la preocupación expresada del actual Gobierno, las demostraciones de solidaridad no alcanzan ni para llenar una plaza pública. Y mucho menos, para llenar un estadio de fútbol. He allí otra simple constatación cultural.

Me pregunto: ¿por qué resulta tan aparentemente fácil llenar un estadio de fútbol (con cerca de 40 mil personas) para rendir homenaje a los jugadores que perecieron a su llegada a Medellín y tan relativamente difícil movilizarnos para defender la vida de compatriotas que sobreviven en difíciles condiciones de vida, por la constante amenaza de grupos al margen de la ley, en el contexto de un degradado conflicto armado y de prácticas infames de múltiples violencias?

Intentaré responderme el interrogante. En primer lugar, como ya se dijo líneas atrás, el lugar preponderante que en nuestras vidas le hemos dado al fútbol, hace que reduzcamos nuestra capacidad de asombro y las respuestas solidarias, a todo lo que tenga relación directa con esa disciplina deportiva y deporte espectáculo. Así entonces, la pasión por el fútbol serviría de coraza social y política no solo para protegernos de los problemas de violencia que a diario vive el país, sino para no reconocer las dimensiones sociales, económicas, étnicas y políticas que subyacen a esas múltiples violencias que exhibe Colombia históricamente.

En segundo lugar, la solidaria y masiva respuesta de la gente del fútbol, de Medellín y de otras ciudades, se entiende por el adolorido cubrimiento periodístico-noticioso de unas empresas mediáticas que saben explotar económicamente la pasión por el fútbol, cada que juega la selección Colombia de Mayores y en las transmisiones de los partidos del rentado nacional. De allí que del cubrimiento noticioso se pueda colegir lo siguiente: ¡es que se murió un equipo de fútbol¡ y además, ¡iba a enfrentar una final con el Nacional, el Rey de Copas¡   Es una verdadera tragedia, ¡porque el fútbol no tiene fronteras¡ Al parecer, nada ni nadie más importante que la vida de los jugadores de fútbol. Muchos elevaron a los jugadores fallecidos al estatus de Héroes, vencidos, eso sí, por la fatalidad. El calificativo, claro está, no alcanzó para el resto de los ocupantes de la aeronave siniestrada.

Y en tercer y último lugar, podría explicarse la masiva reacción de dolor y de solidaridad en momentos de dolor, porque cuando amplificamos nuestra condición de Hinchas del Fútbol, identitariamente borramos a todos aquellos grupos humanos que histórica y sistemáticamente han sido víctimas del acoso de los actores armados, en el marco de un degradado conflicto armado interno. Lo anterior se alimenta por una no declarada animadversión que como citadinos sentimos y profesamos contra todos aquellos que sobreviven en el sector rural: afrocolombianos, campesinos e indígenas, símbolos del atraso, de la pereza y de la malicia de ese país que nos avergüenza.


Adenda: paz en la tumba para todas las personas que viajaban en el avión siniestrado. Y para todos, recordarles que la muerte es una certeza y que la vida es un sinuoso camino lleno de incertidumbres y avatares, que termina cuando llega la hora de partir. Lo demás, son veleidades, discursos y justificaciones.







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