Nueva Publicación: Investigación sobre dos asentamientos informales de la ciudad de Cali. 2018

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2 asentamientos: Los Samanes del Cauca y Navarro, ubicados en el jarillón del río Cauca.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

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Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

lunes, 23 de abril de 2018

SENSIBILIDAD CAMUFLADA


Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

En época electoral, lo que digan los candidatos, en especial aquellos que aspiran llegar a la Presidencia, puede terminar hiriendo la sensibilidad de grupos de poder o sectores de la sociedad, que se incomoden por lo expresado por X o por Y aspirante a ocupar la Casa de Nariño.

Lo dicho por Gustavo Petro en torno a que los jóvenes en este país, cuando no tienen mayores opciones de estudiar, de ingresar a la Universidad, terminan en  el Ejército, la Policía, o huyendo del país…[1], desató la ira de sectores de la opinión y dentro de las propias Fuerzas Armadas.  Posterior a lo dicho, en espacios periodísticos, Petro insistió en la idea de tener unas Fuerzas Armadas cuyos miembros puedan estudiar y hacerse profesionales.

La reacción de Acore no se hizo esperar, a la que se sumó en las últimas horas el ministro de la Defensa, Luis Carlos Villegas. Creo que la molestia de los voceros de los militares radica más en quien dijo lo que dijo, y por el pasado como guerrillero y enemigo natural de los miembros de las Fuerzas Armadas; no creo que la molestia de los generales retirados y del Ministro radique en el sentido mismo de lo dicho.

Si miramos la realidad social del Ejército y de la Policía, es apenas evidente que en un gran porcentaje sus miembros activos llegaron a esas instituciones porque no encontraron un lugar en la sociedad que les diera la oportunidad de hacerse con un oficio, o una carrera que les asegurara vivir con decoro, obtener reconocimiento y la autoridad que les puede brindar el portar un uniforme. Y no encuentran ese lugar, justamente porque no tienen los recursos económicos para costearse una carrera universitaria, que les pueda abrir un futuro más promisorio.

Claro, hay otros que teniendo los recursos económicos ingresan a las escuelas de formación de oficiales, guiados, en unos casos, por la tradición familiar y el gusto por el Ejército y las condiciones específicas en las que opera dicha fuerza;  por ejemplo, varios miembros de la familia Matamoros, entre otras familias de militares, hacen parte de esa realidad. Es decir, hay quienes ingresan al Ejército porque los impulsa la vocación, el gusto por las armas y por la milicia, con todo y lo que ello significa: valor, mística y honor. Eso no se puede desconocer. Pero no podemos decirnos mentiras, alrededor de que todos los que ingresan a las filas del Ejército Nacional lo hacen impulsados en esos valores.

Ahora bien, dentro de la escuela de suboficiales es posible encontrar muchos casos de aspirantes a convertirse en cabos, y posteriormente en Sargentos Mayores, soportada la elección en un gusto por el Ejército, pero también porque de por medio hay una condición económica y social que les impide, por ejemplo, aspirar a la  escuela de oficiales. 

Muchos de los que critican lo dicho por el candidato de la Colombia Humana, desconocen las circunstancias en las que operaron por largo tiempo las Fuerzas Militares. Por ejemplo, en los difíciles años 80. Dentro de las Fuerzas Militares, el Ejército siempre fue mirado como la institución receptora de aspirantes con menores recursos económicos e incluso, con menor capacidad y tradición educativa (se miraba de qué colegio había salido bachiller), comparado con el reconocimiento social y los altos costos económicos en los que había que incurrir para llegar a ser miembro de la Armada Nacional o de la Fuerza Aérea. Esa lectura al interior de las Fuerzas Militares coadyuvó en buena medida a que se dieran celos y problemas a la hora de coordinar actividades y operativos conjuntos para enfrentar, por ejemplo, a las guerrillas. Lo dicho aquí se soporta en lo vivido como soldado bachiller (4to contingente del 83) y porque por cerca de 18 años mi hermano (QEPD) mayor hizo parte del Ejército Nacional, hasta su fallecimiento en una base en las montañas de Jamundí, en el grado de Mayor, del arma de la Caballería.

Por soportar durante mucho tiempo la responsabilidad de enfrentar a las guerrillas y antes de que se asumiera como política  la operación conjunta de las fuerzas de mar, tierra y aire, irse al Ejército se asumía, social y militarmente, como una decisión soportada en realidades sociales (origen de clase) y económicas que les impedía llegar a la Fuerza Aérea o a las filas de la Armada Nacional.

Para el caso de los miembros de la Policía Nacional la situación cambia en mayor medida porque se trata de una institución que cuenta con menor reconocimiento social. Como sucede con todas las Fuerzas Militares, su ingreso deviene naturalmente estratificado. Muy seguramente quienes entran a la escuela de oficiales de la Policía Nacional, deben hacer un esfuerzo económico y demostrar un origen social que vaya de acuerdo con la dignidad de dicha fuerza armada. A la escuela de suboficiales entran quienes puedan solventar los costos económicos y soportar el señalamiento social de saber que para su ingreso, no se requieren mayores estudios que el ser bachiller.

Desconocer el origen humilde de nuestros policías, soldados y suboficiales e incluso, pretender ocultar la falta de capacitación y de conocimiento en diversos temas a los miembros del Ejército y de la Policía, resulta incomprensible en los generales de Acore, que parecen olvidar que estuvieron dentro de una organización castrense no solo jerarquizada, sino altamente estratificada. Y que muy seguramente, gracias a esas jerarquías, las políticas de formación no necesariamente militar, brillaron por su ausencia, con el objetivo de contar con miembros con niveles mayores en aquello que llaman “cultura general”. Recuerdo al General Gómez Padilla, de la Policía Nacional, cuando le preguntaron por casos de policías activos, metidos en la comisión de diversos delitos. El alto Oficial respondió: “eso es lo que da la tierra”.

Y olvidan los generales de Acore la discriminación y el racismo que por muchos años fue una “política” dentro de las Fuerzas Militares: no se aceptaban en la escuela de oficiales hombres afrocolombianos, de origen indígena; o si se hacía, el oficial no era del todo aceptado: y qué decir de la discriminación  por cuestiones de género, que por largos años impidió el ingreso de mujeres, en particular como oficiales. Sé que en este caso la institución castrense ha cambiado, pero no hay casos visibles de generales en el alto mando (comando del Ejército, comandante de las Fuerzas Militares), de origen afrocolombiano. Por lo menos, no recuerdo algún caso en particular.

En lo dicho por el propio Petro subsiste una lectura estratificada de las Fuerzas Militares. Nótese que el candidato no menciona a la Fuerza Aérea o a la Armada Nacional. No. Solo refiere a la fuerza que enfrentó y de la cual padeció el duro tratamiento como miembro de una fuerza insurgente, en el marco de la aplicación de la doctrina de seguridad nacional, hecha para enfrentar al enemigo interno.

Todo el escándalo alrededor de lo expresado por Petro ha servido para ocultar el caso de corrupción que por estos días el país apenas conoció, en torno al manejo de recursos de fondos privados o especiales, sobre los cuales al parecer no existen mayores controles, internos y externos, sobre su ejecución y gasto.

Esa hipersensibilidad o una inusitada susceptibilidad de los señores oficiales de Acore y la del propio Ministro de la Defensa, deberían de conducirla para elevar gritos de protesta ante quienes han sabido mancillar el honor  y la mística militar. Y no hablo solamente de aquellos que incurrieron en actos de corrupción en el reciente caso, sino que refiero de manera clara a quienes participaron del proceso de monetización de civiles que luego asesinaron y los convirtieron en “Falsos Positivos”.  Hay entonces, motivos para pensar que estamos ante una sensibilidad o hipersensibilidad con la que se pretende camuflar u ocultar realidades y hechos mucho más delicados, indignos e irrespetuosos con la sociedad, que lo expresado por Petro Urrego.  




Imagen tomada de Pulzo.com



[1] Véase: https://www.semana.com/nacion/articulo/respuesta-del-ministro-villegas-a-declaraciones-de-gustavo-petro/564595

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