Nueva Publicación: Investigación sobre dos asentamientos informales de la ciudad de Cali. 2018

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2 asentamientos: Los Samanes del Cauca y Navarro, ubicados en el jarillón del río Cauca.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

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Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

domingo, 25 de febrero de 2018

A PROPÒSITO DE LA ENCÌCLICA DEL PAPA FRANCISCO

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

El sentido de la encíclica promulgada por el Papa Francisco, conocida como Laudato sì, está profundamente anclado a la ecología política (EP); con la EP, se abre un campo de discusión y una suerte de mega discurso con el que se confrontan disímiles formas de Poder, en particular el político y económico sobre el que recaen hoy las críticas por los conflictos socio ambientales que afronta la humanidad. Así, la Encíclica bien se puede considerar como un ejercicio discursivo y político propio de la Ecología Política. 

Sin duda, se trata de un documento política e ideológicamente comprometido, que fustiga al actual modelo de desarrollo económico por los graves efectos socio ambientales que de tiempo atrás viene dejando tanto en los ecosistemas naturales, como en los socio ecosistemas, en particular en las ciudades.

El Laudato sì resulta incómodo para aquellos que defienden el desarrollo extractivo y esa visión de desarrollo de la que se deriva, ideológicamente, esa idea neurálgica y central que deberá ser intervenida si de verdad se piensa en que es posible modificar la actual racionalidad económica. Hablo de la idea de progreso.

Esta columna constituye un ejercicio de análisis crítico de varias de las ideas planteadas por el Obispo de Roma, con la intención clara de advertir los silencios en los que incurre su autor y posiblemente en contradicciones, muy propias de un ser humano que representa a una poderosa institución que, de disímiles maneras, contribuyó en el pasado y contribuye en el presente al deterioro de los ecosistemas naturales al promover, sin mayores disquisiciones, la reproducción humana, por considerar que proviene de un mandato divino. A lo que se suma la costosa operación de la Iglesia Católica, como una organización de carácter mundial, que casi se eleva a una condición de “multinacional productora de creyentes”.  En particular, por los lujos en los que viven los sacerdotes en el Estado Vaticano. 

Laudato sì es un documento que expone la complejidad del ser humano y su conflictiva vida en sociedad y las no menos complejas relaciones establecidas con la Naturaleza. Un primer factor de esa compleja vida humana guarda relación con la fe en un Dios creador y en elementos de esa moralidad religiosa sobre la que misma Iglesia Católica soporta aún las relaciones de dominación ideológica sobre sus creyentes: el pecado.

En el documento se lee “que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados. Porque <<un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios>>” (Laudato sì, p. 3).

Apelar a la idea de pecado no solo insiste en el carácter vigilante y castigador de la Iglesia Católica, sino que promueve una idea que además de anacrónica, deviene profundamente infantilizada, justamente, por aquellos creyentes que participan activamente de acciones contra la Naturaleza y grupos humanos vulnerables, pero poco les preocupa caer “en la desgracia del pecado”. Si bien la idea de pecado plasmada en la Encíclica advierte una acepción hacia lo inhumano, insistir en esa vieja idea de pecado instala el texto en el plano de lo moral, cuando debe permanecer en el ámbito de lo político y de la política.

A lo largo y ancho del documento, el Papa Francisco insiste en la necesidad de ayudar a los pobres y marginados, evadiendo señalar responsabilidades a aquellas poblaciones menos beneficiadas del desarrollo y del progreso, en la perspectiva de establecer una urgente co-responsabilidad entre todos los habitantes del planeta tierra. Dice el Obispo de Roma que “merecen una gratitud especial quienes luchan con vigor para resolver las consecuencias dramáticas de la degradación ambiental en las vidas de los más pobres del mundo. Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos”.

Así mismo, el líder religioso insiste en el discurso del desarrollo sostenible. En varios pasajes parece hacer referencia al Informe Brundtland, a través de la preocupación por la vida y el planeta que heredarán las próximas generaciones. 

En la encíclica se lee que “el problema es que no disponemos todavía de la cultura necesaria para enfrentar esta crisis y hace falta construir liderazgos que marquen caminos, buscando atender las necesidades de las generaciones actuales incluyendo a todos, sin perjudicar a las generaciones futuras… necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana” (Laudato sì, p. 17).

Parece olvidar el Sumo Pontífice que cada cultura, en especial en momentos de crisis socio ambientales, constituye una especie de muro de contención con el que no solo se busca evitar el contacto con otras formas de ver y pensar la vida y las relaciones con la Naturaleza, sino que sirve para repeler a aquellos grupos humanos cuyas prácticas culturales no obedezcan a los parámetros modernos impuestos por el discurso unívoco de la euro modernidad.  Cada cultura legitima sus propias relaciones con la Naturaleza y por ese camino, relativiza las acciones tendientes a asumir responsabilidades frente al deterioro de valiosos y estratégicos ecosistemas naturales.

¿De verdad cree Bergoglio en esa idea de que somos una sola familia humana? Quizás solo sea una vieja aspiración religiosa, asociada a un objetivo misional. Pero es claro que las diversas culturas y los propios modos de desarrollo van en contravía de esa idea. No podemos ser una sola familia. Las solas diferencias entre Oriente y Occidente y en cada una de las realidades que se encuentran en esas dimensiones, hacen imposible considerarnos como una sola “familia humana”. Somos una misma especie, pero las culturas se han encargado de (in) disponer cuál o cuáles son dignas de mantenerse y yuxtaponerse sobre otras menos “dignas”.

A pesar de que el documento papal exhibe un enfoque ecosistémico y promueve ejercicios interdisciplinarios para encontrar soluciones a los problemas generados por las actividades antropogénicas, insiste en la centralidad del ser humano en el devenir del planeta, y quizás en la vieja idea de que el Hombre es la medida de todas las cosas. Y es así, al señalar teleológicamente el lugar y la misión del ser humano: alcanzar la felicidad. “Si tenemos en cuenta que el ser humano también es una criatura de este mundo, que tiene derecho a vivir y a ser feliz, y que además tiene una dignidad especialísima, no podemos dejar de considerar los efectos de la degradación ambiental, del actual modelo de desarrollo y de la cultura del descarte en la vida de las personas” (Laudato sì, p. 14).

Como valor moderno, la felicidad está profundamente anclada a esa idea de progreso que a su vez se deriva del actual modelo de desarrollo económico. Por esa vía, el objetivo máximo de ser feliz, como aspiración humana, sirve a los propósitos y a las prácticas de sometimiento de la Naturaleza a los caprichos de una especie que es capaz de generar variadas ideas de ser feliz, muchas de estas soportadas en procesos de transformación de los ecosistemas naturales y el consecuente declive de sus “servicios ecosistémicos”. Ser feliz, a cualquier costo, puede resultar una consigna válida para cualquier grupo humano y sus miembros, lo que puede trasladarse a actividades claramente insostenibles, pero que resultan gratificantes para aquellos que buscan, afanosamente, ser felices.

Al tratarse de un discurso que no solo está inscrito en la forma particular de pensar del Papa Bergoglio, sino al propio sentir de una Iglesia que afronta problemas de legitimidad socio ambiental, en el Laudato Sì se fustiga a “aquellos formadores de opinión, profesionales, medios de comunicación y centros de poder… viven y reflexionan desde la comodidad de un desarrollo y de una calidad de vida que no están al alcance de la mayoría de la población mundial” (Laudato sì, p. 16). Hay que decir que tanto quien escribe esta columna, como el autor de la encíclica, escriben desde la comodidad y un bienestar que para millones de habitantes en el mundo se torna inalcanzable.

Frente al tema de la reproducción humana, el Papa Francisco señala lo siguiente: “En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan solo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de <<salud reproductiva>>. Pero << si bien es cierto que la desigual distribución de la población y de los recursos disponibles crean obstáculos al desarrollo y al uso sostenible del ambiente, debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario”. (Laudato sì, p. 16).

No se puede negar que el poblamiento del planeta y el consecuente deterioro de los ecosistemas naturales guardan una estrecha relación con el tipo de modelo de desarrollo imperante. Por ello, la presencia hegemónica y sin control del ser humano debe ser un asunto de discusión política, económica, social y cultural, ojalá ya no mediada por el carácter divino de la acción-decisión-opción de reproducirse. En este asunto se deben concentrar las propuestas de ajuste a los modos de vida humana en la aspiración de disminuir los impactos de un desarrollo económico que tiene en la reproducción humana, en sus hábitos de consumo y en disímiles ideas de ser feliz, a las variables más importantes a controlar. 

No puede olvidar el Papa Francisco que la reproducción humana en muchas ocasiones y momentos históricos precisos obedeció a prácticas de dominación y sometimiento de la Mujer no solo por el mandato divino que la “obliga” a extender y asegurar la presencia de la especie, sino por una equívoca representación social masculina con la que se logró consolidar un mundo masculino y masculinizado, al tiempo que se disminuía a la Mujer a un mero carácter reproductivo.

Bienvenido el llamado que hace Bergoglio a pensar y activar una ecología integral que permita superar la crisis civilizatoria (cultural) que se expresa en modo de crisis ecológicas y conflictos socio ambientales. Sin embargo, el sentido del Laudato sì, a pesar de las críticas que hace a diversos actores y dinámicas económicas y políticas, continúa ancorado en la presencia preponderante de la especie humana que de tiempo atrás tiene en las culturas a su mayor obstáculo, para dar el giro que requiere hacerse en las relaciones entre sociedad y naturaleza.

Por ello, insisto en que el discurso de la sustentabilidad pasa por conflictivas consideraciones ideológicas que no solo dificultan el encuentro de soluciones integrales a los problemas generados por la presencia incontrastable de la especie humana, sino que ocultan dos asuntos claves: la finitud humana, que auspicia cambios en los modos experienciales de vida y la fragilidad de los ecosistemas naturales, la propia del ser humano y la de las otras especies, que solo parecen observar, advertir y reconocer ambientalistas y ecologistas, mientras que el grueso de la humanidad deviene distraída por prácticas hedonistas y sujeta a ideas cada vez más individualizadas de alcanzar la felicidad. 

Imagen tomada de Clarin.com

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