Nueva Publicación: Investigación sobre dos asentamientos informales de la ciudad de Cali. 2018

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2 asentamientos: Los Samanes del Cauca y Navarro, ubicados en el jarillón del río Cauca.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

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Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

miércoles, 30 de agosto de 2017

Es tarde para la sustentabilidad

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Parece haber consenso académico alrededor de la idea de que afrontamos una crisis socio ambiental, que cuestiona los procesos civilizatorios y el modelo de civilización occidental. Menos acuerdos hay en el ámbito del ejercicio del poder político, entre gobernantes que siguen examinando la situación desde las lógicas Centro-Periferia en la esfera internacional; y quizás, se replique esa falta de consenso en el escenario (local-nacional) entre alcaldes, gobernadores y sucesivos gobiernos; y lo más preocupante e importante, es reconocer que a las grandes mayorías de ciudadanos, especialmente los urbanizados, poco o nada les interesa, los cuestiona, o llama su atención, saber acerca de los efectos negativos que dejan en los ecosistemas naturales el  actual modelo de desarrollo económico y la presencia misma del ser humano.

Repetimos y repetimos sin cesar que la crisis ambiental pone en riesgo la vida del planeta y la de los seres humanos, primeros y directos responsables de los procesos de transformación y de los daños infringidos a ecosistemas naturales estratégicos y frágiles. ¿Pero qué se ha logrado cambiar? Creo que muy poco.

Que hoy ciudadanos en el mundo tengan y exhiban una “mayor conciencia ambiental” que los haga proclives a adoptar medidas y acciones como bajarle al consumo de bienes y servicios no sustanciales, preferir la bicicleta y el transporte público, apagar las luces y reciclar en la fuente, entre otras tantas acciones y prácticas, resulta esperanzador, pero no suficiente porque el sistema económico, fuente de los modelos extractivos, se mantiene incólume, a pesar de que se insiste en la idea de que el capitalismo está llegando a su fin.

Desde una perspectiva estructural y sistémica, me pregunto: ¿qué ha cambiado? Insisto: muy poco. El sistema extractivo continúa con su agresión a ecosistemas frágiles y estratégicos, así como a pueblos ancestrales, afros e indígenas, que de tiempo atrás mantienen una relación inmanente con la naturaleza como es el caso de las comunidades negras del Pacífico colombiano y los indígenas Nasa en el norte del Cauca. 

A pesar de la sapiencia y los procesos de resistencia de dichas etnias, el modelo de desarrollo continúa hablando de crecimiento económico,  productividad, competitividad y calidad, al tiempo que el comercio y el sistema financiero apelan a toda suerte de estrategias para promover el consumo, hasta lograr altos índices de consumismo, en particular en los ciudadanos que viven y sobreviven apiñados en ciudades mal planificadas y con problemas de sostenibilidad, por ejemplo, alrededor del recurso agua, como la ciudad de Cali.

Nadie niega la importancia de debatir sobre el actual modelo de desarrollo, en el marco de un sistema capitalista que desdobló una fuerza descomunal que el ser humano ya no puede controlar: el mercado. Estamos inmersos en el mercado y hasta la vida misma ya deviene en términos de la oferta y la demanda. Hasta la Escuela entró ya en esa lógica y por esa vía aporta a la consolidación de ciudadanos-clientes, preocupados cada vez más por cómo detener el envejecimiento, o qué hacer para distraerse porque la vida actual, deviene sin mayor sentido.

Otra idea que repetimos y repetimos es aquella que alude a que se acabaron los grandes relatos y las utopías; expresiones estas con las que quizás, en el fondo, buscamos el sosiego suficiente para aceptar que no hay salidas concretas y soluciones fáciles a los retos que nos pone la actual crisis civilizatoria, que tiene en la crisis ambiental, a su mayor y visible exponente.

También replicamos la idea de que se necesita de un profundo cambio cultural. Y del lado de la ciencia y de la técnica, responden que los daños que le hemos producido a la naturaleza en el marco de una concepción de lo que debe ser el desarrollo, pueden ser remediados por la misma técnica que los produjo. Sin duda que ello se puede lograr, pero…

De esa forma, la crisis ambiental planteada se va consolidando como una suerte de gran relato, que recoge el mismo error de los anteriores grandes relatos: solo son reconocidos en ámbitos académicos, filosóficos y políticos. Grandes relatos que poco o nada permearon la vida de ciudadanos, las grandes mayorías urbanizadas que en el día a día, pasan el tiempo resolviendo el problema del sustento, del transporte y de una azarosa vida, sobre cuyo sentido es mejor no preguntarse. No hay tiempo, en ese contexto, para pensar. Ese sí es un efecto claro y perverso que nos deja el actual sistema económico, social, político y cultural de una modernidad homogeneizante.

Así entonces, considero que es tarde para la sustentabilidad. Y es así, porque el ser humano, como animal cultural, lo que ha creado es un complejo entramado de relaciones, discursos y prácticas que permiten que cada ciudadano y grupo de poder justifique su actividad y posturas frente al “problema del medio ambiente”, lo que dificulta la toma de conciencia colectiva alrededor del daño que como especie provocamos no solo a la naturaleza, sino el que de disímiles maneras nos provocamos a través de ejercicios de violencia simbólica y física.

Si, por supuesto que la actual crisis socio ambiental tiene un fuerte arraigo cultural, pero dejamos de lado un hecho inexorable que explica el actuar del ser humano: la finitud. El sabernos finitos hace que todo lo que construimos (material e inmaterial) responde a esa condición que nos atormenta y que a la vez motiva a explotar sin consideraciones ecológicas, ambientales y sistémicas unos recursos que hacen parte de un gran ecosistema del que hace rato tomamos distancia.  

Por esa vía, entonces, la crisis no es tanto civilizatoria, sino ontológica. La especie humana, consciente de que va a morir, creó un mundo artificial con el que no solo justifica su estar en el mundo, sino que intenta sobrellevar la angustia que le produce vivir, intensamente, para fenecer. El problema de la actual crisis ambiental no es cultural o civilizatorio. Es del Ser. Por ello señalo que las preocupaciones ambientales por pensar y alcanzar un “desarrollo sustentable” llegan tarde. Es tarde para la sustentabilidad. Todo lo que el ser humano ha consolidado como especie dominante, lo llevó a enmascarar, con los avances tecnológicos y el sentido del progreso, la crisis ontológica de una especie, como la humana, que tardíamente entendió que hace parte de un gran ecosistema y que el error quizás esté en tener la capacidad de transformarlo anteponiendo sus angustias, miedos e intereses.  O quizás, el gran error esté en la capacidad o la creencia de que puede tomar distancia sistémica. 

La gran contradicción está en haber creado un sistema cultural que se (auto) reproduce, sin haber logrado matizar, entender y comprender la angustia que le produce al ser humano el saberse finito. Por ello, todo lo producido material e inmaterialmente esté impregnado con ese mismo carácter finito de la vida humana, de allí el impulso y la pulsión que está detrás del desarrollo extractivo: volver finita la Naturaleza. 

Imagen tomada de radionacional.co

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