Nueva Publicación: Investigación sobre dos asentamientos informales de la ciudad de Cali. 2018

Nueva Publicación: Investigación sobre dos asentamientos informales de la ciudad de Cali. 2018
2 asentamientos: Los Samanes del Cauca y Navarro, ubicados en el jarillón del río Cauca.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.

NUEVA PUBLICACIÓN. PERIODISMO Y DESPLAZAMIENTO FORZOSO EN COLOMBIA.
Resultado de un proceso investigativo, este libro en coautoría da cuenta del tratamiento periodístico dado por el Diario El País de Cali, a los hechos y circunstancias que hicieron posible el desplazamiento forzado en Colombia y la aparición de la categoría Desplazados. 2016

lunes, 18 de junio de 2018

TRIUNFÒ EL VIEJO RÉGIMEN


Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

El triunfo, por demás esperado, de Iván Duque Márquez en la segunda vuelta presidencial, es la constatación de lo difícil que es y será derrotar al viejo Régimen de poder, cuando sobre este se cierne una real amenaza como lo fue la candidatura de Gustavo Francisco Petro Urrego. Es decir, Duque será el presidente de Colombia para el periodo 2018-2022, y durante esos cuatro años se irá formando y consolidando, si así lo decide y su talante se lo permite, ser el nuevo pararrayos del Establecimiento, ante el desgaste físico de quien ha venido cumpliendo con lujo de detalles esa función: Álvaro Uribe Vélez, su mentor y quien, a empellones, ya lo insertó en la historia política de Colombia.

Es importante revisar y tratar de explicar lo que pasó en una disputada campaña electoral, lo que se puede venir para el país y lo que podría suceder en cuatro años.

Los que ganaron

A pesar de que hoy Iván Duque es el presidente electo de Colombia, su victoria no puede asociarse en su totalidad a su talante[1], o a su poder de convencimiento, e incluso, a la coherencia de sus propuestas. No. Por el contrario, su triunfo está mayormente circunscrito al poder de las maquinarias políticas y de los sectores de poder militar, económico y político que se suscribieron a su campaña para defender los intereses de una clase empresarial y política que ya suma y exhibe un fuerte desgaste en un sector importante de la opinión pública, si se tienen en cuenta los 8 millones de votos que alcanzó su contradictor político, Gustavo Petro Urrego. Desgaste fruto de la corrupciòn y de su incapacidad para guiar a la Naciòn por los caminos de la modernidad. 

Por esa línea argumental, ganaron los expresidentes Uribe Vélez y Andrés Pastrana, el anulado exprocurador Alejandro Ordóñez Maldonado, el excandidato presidencial, Germán Vargas Lleras y Vivian Morales, entre otros. Es decir, triunfó la Derecha y la ultraderecha y por esa vía, los agentes del neoliberalismo y del proyecto neoconservador que lideran el latifundista y ex gobernador de Antioquia, la ex fiscal Morales y el ladino, Ordóñez Maldonado.

También hay que señalar como ganadores a las élites regionales y a las familias que de tiempo atrás capturaron el Estado y la función pública para consolidar un poder político y económico guiado por un sempiterno ethos mafioso que, a pesar de su visibilidad, parece invencible. Me refiero a clanes como los Char en Barranquilla y a otros que lideran procesos económicos y políticos en otras zonas del país.

Y a pesar de la derrota electoral, Gustavo Petro y lo que logra representar hoy para esos 8 millones de compatriotas que dieron su voto por el proyecto de la Colombia Humana, bien se pueden sentir ganadores siempre y cuando Petro logre liderar y consolidar una Oposición política, haciendo uso de las herramientas y de las garantías que hoy brinda el Estatuto de la Oposición.

Es posible, también, señalar como ganadores y perdedores, a los periodistas y empresas mediáticas reunidas en lo que se conoce como la Gran Prensa afecta al régimen de poder. Los noticieros de televisión y los magazines radiales de los canales RCN y Caracol hicieron la tarea y pusieron el periodismo al servicio de la candidatura de Iván Duque. Y lo hicieron no solo en los debates que se dieron en la primera vuelta, sino en las maneras como confrontaron a Petro en entrevistas que más parecían “encerronas” para generar animadversión en las audiencias, al tiempo que a Duque lo entrevistaban con tono zalamero y solidario. Supieron guardar silencio ante la decisión de la campaña del ungido de Uribe, de no debatir en la segunda vuelta. Este solo hecho, violatorio de la ley, no fue elevado al estatus de noticia. Lo redujeron en su dimensión democrática, legal y política.

Ganó la democracia formal, electoral y la institucionalidad asociada a ese tipo de democracia que funciona en Colombia. Sufrió derrota la “democracia radical”, de Chantal Mouffe, con la que Petro Urrego convenció a muchos de ser el camino para transformar al país.

Los perdedores

Sin duda, perdieron los medios de comunicación masiva afectos al Régimen de poder. Su pérdida de credibilidad va en aumento en sectores de opinión que poco a poco han comprendido que el papel de los periodistas vedettes[2] y de las estructuras informativas es generar estados de opinión favorables a los sectores de poder que los sostienen económicamente y que son, finalmente, los que les dicen a los periodistas qué y cómo y qué deben callar.

Sin duda, perdieron la Colombia Humana y los sectores de opinión y de poder político que se le sumaron tardíamente. En particular, los ciudadanos que acompañaron a Sergio Fajardo[3] y Claudia López, y que entendieron que votar en blanco expresaba incoherencia, cobardía, insensatez y sobre todo, comodidad con las formas tradicionales de hacer política en Colombia.

Lo que se viene

A pesar de que en la tarima desde donde habló Iván Duque en su calidad de presidente electo no estuvieron presentes su mentor, el caballista y ganadero Uribe Vélez, el ex presidente Pastrana Arango y los demás agentes de la Derecha y la ultraderecha, el candidato del Centro Democrático sabe que debe su elección y que por lo tanto, sus decisiones políticas y económicas estarán acordes al alto nivel de sujeción que caracteriza a un Presidente en Colombia, puesto allí por el Establecimiento, con el agravante de que detrás suyo  estarán los innobles intereses del ex gobernador de Antioquia.

Es posible que Duque pase sus cuatro años de gobierno dando cuenta de que sus decisiones no dependen de la injerencia de Uribe Vélez. Le pasará, guardando las proporciones, lo mismo que le sucedió a Samper Pizano, quien dedicó su periodo de gobierno a defenderse de las acusaciones que lo vinculaban con los narcotraficantes del Cartel de Cali. Eso sí, tanto Duque como el propio Samper en su momento, comparten un hecho cultural: la entronización del ethos mafioso que la sociedad colombiana en su conjunto continúa validando.

La derecha y la ultraderecha tendrán todo para consolidar el proyecto político y económico que está en marcha desde 2002, y que no es otro que el de profundizar conflictos socio ambientales, extender en el tiempo un proyecto de desarrollo insostenible y la Colombia desigual, excluyente y empobrecida que tanto beneficio electoral le genera a los candidatos a elección popular de esas orillas ideológicas. Y dada la debilidad[4] del Estado y los beneficios que esa condición trae a sectores de poder legal e ilegal, la Presidencia de Duque permitirá que el poder paramilitar se consolide en proyectos productivos asociados al gran latifundio y a la producción de agrocombustibles.

Que Juan Manuel Santos haya tomado distancia de Uribe en lo que concernía a las maneras de entender y dar solución al conflicto armado interno, no lo exime de la responsabilidad de haber seguido al pie de la letra el proyecto económico y político con el cual se hizo elegir presidente para el periodo 2010-2018.

Los errores

Al incontrastable poder y determinación de los agentes del Régimen de poder que se esforzaron al máximo para llevar a Duque a la presidencia, hay que sumar varios errores cometidos por Petro y por quienes al final lo acompañaron en la segunda vuelta.

El primer error lo cometieron el propio Petro, Fajardo, Claudia López y Jorge Enrique Robledo, quienes se trenzaron en una lucha de egos, lo que claramente benefició a la campaña de Duque. Al final, y en uso de un gran pragmatismo, adhirieron a esta, las estructuras y los líderes políticos de los partidos políticos Liberal, Conservador, Cambio Radical, de la U y Mira. Mismo pragmatismo que fueron incapaces de practicar Robledo, Claudia López, Fajardo y Petro.

El segundo error lo cometió Petro Urrego quien de manera imprudente habló de tocar los intereses de quienes ostentan grandes latifundios improductivos. Al final, en sectores de la opinión pública quedó el miedo de “convertirnos en una segunda Venezuela”[5] por aquello de que iba a “expropiar y a acabar con la propiedad privada”.  Por más que explicó sus tesis, ya la Gran Prensa le había hecho el daño, en particular en sectores poblacionales con poca capacidad de análisis y de comprensión de una realidad que parece poco interesar: la alta concentración de la tierra en pocas manos.

Lo que debería pasar

No hay duda en que los 8 millones de votos obtenidos por Petro representan un espaldarazo a las tesis y al proyecto de la Colombia Humana. La pregunta es: ¿qué hará con ese capital político? Y el interrogante no se responde con el anuncio de que liderará, desde su curul como congresista, a la nueva Oposición política.  No parece ser suficiente. Deben entender las fuerzas que acompañaron a la Colombia Humana, la urgente necesidad de conformar un nuevo partido político o de fortalecer el de la Colombia Humana, superando los egos y las luchas internas, para pensar en un partido de masas que para el 2019 acompañen las elecciones regionales.


Tendrán la tarea de formar cuadros, ganar alcaldías y gobernaciones y demostrar que el proyecto político y económico que defiende Petro es viable y soportado en la necesidad de lograr un tipo de desarrollo, sin que ello signifique acabar con el mercado e imponer un modelo estatista que en pocos años lleve a la debacle económica.





Imagen tomada de bluradio.com


viernes, 15 de junio de 2018

EL VOTO EN BLANCO (II)


Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


En una anterior columna, intitulada El voto en blanco[1], hice énfasis en las posturas asumidas por Sergio Fajardo y Jorge Enrique Robledo, en torno a que en segunda vuelta votarían en blanco. En esta oportunidad no aludiré a personas en concreto, sino a los argumentos que esgrimen quienes defienden la legitimidad de esa opción de votar.

Quienes optarán por votar en blanco, lo hacen escudados en los argumentos que recojo en las siguientes frases: “es un voto que sanciona la polarización”; “por rechazo a las dos opciones que quedaron en la disputa electoral”; “es una forma de protesta y de resistencia”; “es un camino para construir una opción distinta”.

Varios ciudadanos que conozco y que insisten en votar en la ya señalada dirección, exponen reparos en torno al proyecto político que encarna Petro Urrego. No suscriben comentarios en torno al proyecto de país que encarna el candidato Iván Duque Márquez, porque esos mismos ciudadanos reconocen que el novel político está rodeado de grupos de poder con un pasado tenebroso, mafioso, criminal y con  ideas anacrónicas que bien sabe concentrar el ladino ex procurador general de la Nación, Alejandro Ordóñez Maldonado.

Sin embargo, y a pesar de la contundencia de los hechos de corrupción, de los falsos positivos, del quiebre institucional y del debilitamiento del Estado Social y Democrático de Derecho que hizo posible y agenció Uribe Vélez (2002 y 2010), el mentor de Duque, estos compatriotas insisten en votar en blanco porque el candidato de la Colombia Humana  no les gusta por las siguientes razones: “es que fue guerrillero, por lo tanto, tiene un inconveniente carácter militarista; que es populista y mesiánico; y que generaría mayores traumatismos en una parte del Establecimiento que lo rechaza”.

A esos ciudadanos les digo lo siguiente: votar en Blanco deja de ser un opción legítima porque el actual momento histórico por el que atraviesa el país, exige asumir posturas claras, arriesgadas si se quiere y diferenciadas, con miras a evitar el regreso al poder político del ethos mafioso[2] que se naturalizó entre 2002-2010.

Escudarse en el pasado político y en el egocentrismo de Petro deja entrever, en muchos de los casos, una postura de clase de estos ciudadanos que les impide aceptar que alguien distinto a los hijos de la élite tradicional, y además, fuerte contradictor, hoy tenga la posibilidad de arrebatarles el control del Estado a las sempiternas familias que han manejado a su antojo los asuntos estatales.  

Es claro que al votar en blanco, los  beneficiados serán Álvaro Uribe Vélez[3], Vargas Lleras[4] y Ordóñez Maldonado[5], representantes del Establecimiento y agentes de un régimen de poder oprobioso, violento y corrupto;  y por supuesto, se beneficiará el propio Iván Duque, quien en una especie de “serendipia política”, tiene hoy una clara opción de convertirse en Presidente de la República de Colombia, por ser el elegido de Uribe. El mismo Duque debe saber que entrará a empellones en la historia política del país gracias a la “designación” que le hiciera el caballista, latifundista y ex presidente[6] de Colombia.

Quienes votarán en blanco y a pesar de rechazar a ambas campañas, terminarán legitimando las acciones y decisiones de Estado adoptadas entre 2002 y 2010, lo que incluye, por supuesto, el debilitamiento de la institucionalidad democrática por cuenta de la concentración del poder en las manos del entonces Presidente Uribe Vélez.  Huelga recordar el agrio enfrentamiento con la Corte Suprema de Justicia[7], así como las chuzadas del DAS[8], episodio este que confirmó la penetración paramilitar[9] en esa instancia de poder y en otras entidades estatales.

Mientras que la campaña de Duque arrastra los problemas éticos[10] y morales de todos los partidos y los políticos profesionales que se le adhirieron, la de Petro Urrego hala las decisiones adoptadas durante su paso por la Alcaldía Mayor de Bogotá y las  lecturas ideologizadas que se hacen de su pasado como miembro del M-19. Olvidan quienes recuerdan su paso por esa agrupación subversiva, que por las circunstancias del contexto de los años 60, el levantamiento armado estaba más que “justificado”. Parece que igualmente no recuerdan que fue amnistiado e indultado por el Estado y el que el propio Uribe Vélez apoyó en su momento tal decisión jurídica y política. Es más, dejan de lado que dentro del Centro Democrático militan ex compañeros de Petro. En esa línea, al parecer habría un doble rasero para medir y calificar aquello de “haber sido guerrillero”.  

Así entonces, votar en blanco este 17 de junio[11]  se constituye, sin duda alguna, en una decisión que de manera soterrada, terminará beneficiando a quienes tanto daño le han hecho al país, a la sociedad y a los ya complejos procesos civilizatorios echados a andar de tiempo atrás.

Votar en blanco es un error y obedece a una actitud mezquina, incoherente y cobarde, propia de quienes a pesar conocer y reconocer los hechos delictivos y de las erradas políticas económicas, ambientales y sociales adoptadas durante el periodo presidencial 2002-2010, son incapaces de castigar tanta ignominia, votando por una opción de poder que, a pesar de miedos, incertidumbres y prevenciones, puede hacer posible proscribir el ethos mafioso[12] que se entronizó en las relaciones Estado, Sociedad y Mercado.

Votar por Petro no nos convierte en “petristas”, y mucho menos nos convierte en “guerrilleros vestidos de civil”. Por el contrario, entregar el voto al candidato de la Colombia Humana constituye una verdadera resistencia social y política en contra del proyecto neoconservador en lo social y neoliberal en lo económico que agenciará Duque, en nombre de Uribe, Ordóñez y Vargas Lleras, entre otros.



Imagen tomada de Semana.com 




martes, 12 de junio de 2018

UN 17 DE JUNIO



Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


Está claro que el país vivió una intensa y confrontadora campaña electoral, con la apuesta de elegir, el próximo 17 de junio de 2018, al sucesor de Juan Manuel Santos Calderón. Quizás haya sido la más difícil y compleja contienda electoral de los últimos años. Incluso, podría estar tentado a señalar que supera las que el país vivió en las épocas en que irrumpieron como opciones de cambio las candidaturas presidenciales de Jorge Eliécer Gaitán Ayala, Luis Carlos Galán Sarmiento, Carlos Pizarro Leongòmez y Bernardo Jaramillo Ossa.  Me quedo con la tentación de hacerlo, porque sé que cada momento histórico define las complejidades y las lecturas que de éstas podamos hacer.

Pero lo que si se puede intentar hacer, a pocos días de salir a votar en segunda vuelta, es responder a la pregunta de què es lo que está en juego en Colombia. Y en ese sentido señalo que lo que está en juego el domingo el 17 de junio es la continuidad del actual régimen de poder y la extensión en un tiempo, quizás indefinido, del proyecto político que encarna el sector más conservador, violento y anacrónico del Establecimiento, que es el que representan Álvaro Uribe Vélez, Alejandro Ordóñez Maldonado y Vivian Morales y otros agentes que esperan agazapados el triunfo de Iván Duque Márquez.

Sin duda, el ‘combativo’ senador y expresidente funge como el pararrayos de un Establecimiento que sabe usarlo como tal, al tiempo que el ladino político aprovecha las insondables fisuras éticas y morales de las élites que lo sostienen, para acrecentar su poder económico y electoral, hasta el punto de que el 17 de junio tendrá, nuevamente, la posibilidad de regresar a la Presidencia en cuerpo ajeno[1], para manejar a su novel ungido, desde su condición de Congresista.

Y al estar en juego la continuidad del régimen de poder y la posibilidad de que regrese en cuerpo ajeno el expresidente Uribe, de inmediato hay que señalar al naciente poder político que se opone a que se consolide el proyecto neoconservador, en lo social y cultural, y neoliberal, en lo económico. Y ese naciente poder lo lidera hoy, Gustavo Francisco Petro[2] Urrego y una coalición variopinta de sectores sociales y políticos que constituyen la fuerza que hoy no solo confronta al Establecimiento, sino que hizo posible que todas sus  diversas manifestaciones de poder se hayan visto obligadas a confluir para defenderse del cambio que encarna la Colombia Humana. Y lo hicieron, dejando atrás viejas rencillas y las graves acusaciones como las que en su momento los ex presidentes Pastrana[3] y Gaviria[4] profirieron en contra de Uribe Vélez, por la conformación de grupos paramilitares y de haber constituido, entre 2002 y 2010, un régimen de poder mafioso y criminal; lo mismo hizo, el ex candidato Vargas Lleras[5], quien señaló al latifundista antioqueño de paramilitar y de estar detrás del atentado con explosivos que sufriera y que le mutiló dos dedos de su mano izquierda.

Es decir, al ya natural pragmatismo de la Derecha, se sumó el espanto y el terror que produce en su añosa dirigencia, la posibilidad de que un outsider como Petro, ex guerrillero y un hombre que viene de abajo, les pueda arrebatar el poder político y por esa vía, establecer unas nuevas correlaciones de fuerza.

La decisión a tomar este domingo 17 de junio no va en la dirección de implantar en Colombia el modelo estatista y militarista que opera en Venezuela, tal y como se insistió desde la derecha y la ultraderecha, para asustar incautos e ignorantes, bajo la nomenclatura del castrochavismo[6]. No. Por el contrario, los ciudadanos que votan podrán escoger entre continuar con la entronización del histórico y naturalizado ethos mafioso[7] que entre 2002 y 2010 guió las relaciones entre el Estado[8], la sociedad y el mercado; o darnos, como sociedad, la posibilidad de dignificar la política  y  de ponerla al servicio de lo público y del colectivo; también, el reto estará en continuar con  un modelo neoliberal insustentable, que le pone precio a los ecosistemas naturales, al tiempo que empobrece las relaciones humanas en los socio ecosistemas.

Por ese camino, este 17 de junio de 2018 estaremos abocados a votar en dos direcciones[9]: la primera, continuar con el régimen de poder y aportar a la consolidación de un Estado cooptado y capturado por mafias regionales que han sabido repartirse el territorio nacional  con la élite bogotana;  y la segunda, la de  aportar a un cambio profundo en la correlación de fuerzas, que permita en el corto y mediano plazo, empezar a transitar el difícil camino que nos lleva a  reconocernos y a aceptarnos en las diferencias, para luego ser capaces de encontrar el modelo de desarrollo adecuado, pero sobre todo, hallar un modelo de sociedad y de Estado modernos, que nos ayude a superar los truncados procesos civilizatorios que como colectivo  hemos adelantado en 200 años de República.

Transitar ese segundo camino será difícil dado que a la candidatura de Duque se sumaron el grueso de las maquinarias y clientelas de los partidos Conservador, Liberal, de la U, Mira y Cambio Radical, además de contar con el apoyo del gremio de los industriales, de los empresarios, de los militares y policías y en general, de la banca y el empresariado.

Lo importante, para quienes le apuestan a la opción de país que encarna Petro Urrego, es aumentar considerablemente la votación obtenida en primera vuelta, con el firme propósito de relativizar el eventual triunfo de Duque y a partir de allí, pensar en el nacimiento de una fuerza política que recoja el creciente desencanto social.  

Recordando a Gómez Hurtado

En la crisis ética y política que vivió Colombia en los tiempos del Proceso 8.000, el político Álvaro Gómez Hurtado alertó al país sobre lo que acontecía con los cimientos del Régimen de poder. El mismo que lo mandó a asesinar y el que hoy, guiado por Uribe Vélez y su corte de áulicos, busca no solo extender en el tiempo su proyecto político, sino operar su soñado Estado de Opinión, lo que significa debilitar los pivotes que sostienen la República y en ese orden de ideas, la división de poderes que tanto le disgusta al exmandatario antioqueño.

Vale la pena recordar las palabras que expresó Gómez Hurtado a la revista Diners en junio de 1995:

“El régimen transa las leyes con los delincuentes, influye sobre el Congreso y lo soborna, tiene preso al Presidente de la República…Samper es una persona llena de buenas intenciones, pero está preso por el establecimiento. No puede hacer nada, está rodeado de intereses creados. Con los jueces pasa lo mismo… El régimen es un conjunto de complicidades. No tiene personería jurídica ni tiene lugar sobre la tierra. Uno sabe que el Gobierno existe porque uno va a Palacio y alguien contesta, que resulta ser por ejemplo el Presidente de la República, y va al Congreso y ahí sale su presidente, pero el régimen es irresponsable, está ahí usando los gajes del poder, las complicidades. El Presidente es el ejecutor principal del régimen, pero está preso. A mi me da pena repetirlo, pero el Presidente es un preso del régimen. El régimen es mucho más fuerte que él, tiene sus circuitos cerrados, forma circuitos cerrados en torno de la Aeronáutica Civil, de las obras públicas, de los peajes, y en ellos no deja entrar ninguna persona independiente"[10].

Muy seguramente, un eventual gobierno de Duque Márquez coadyuvará a que las circunstancias contextuales definidas por Gómez Hurtado se mantengan por cuanto él mismo estará preso no solo de lo que le indique su mentor, sino de las directrices que las élites empresariales sabrán darle para que conserve en el tiempo el país desigual y excluyente que poco avergüenza a los líderes del Establecimiento. Al fin y al cabo, sobre la inequidad, la pobreza, la violencia política y el miedo[11] al cambio, han logrado consolidar el actual régimen de poder.

Ahora bien, un eventual triunfo de Petro (lejano, pero posible) si bien puede servir para trazar caminos distintos a los ya caminados y recorridos por la sociedad colombiana, éstos deberán enfrentar los obstáculos y ataques de los sectores más retrógrados del Establecimiento. No será fácil cambiar la historia del país. En cuatro años se dejarán, si acaso, los cimientos morales y éticos. Posteriormente, las ejecutorias serán efectivas siempre y cuando Petro, como Presidente, convoque a sus detractores y vencidos, a establecer un pacto político de carácter nacional.

Después de la jornada electoral de ese domingo, cada uno de los simpatizantes de las dos opciones podrá decir: un 17 de junio voté porque todo siguiera igual, o por el cambio.





Imagen tomada de www.youtube.com



[1] Ya lo había intentado, con la candidatura de Iván Zuluaga. Si bien Santos se hizo elegir como Presidente bajo la sombra de Uribe, supo tomar distancia política frente al tema del reconocimiento del conflicto y a partir de allí, lograr ponerle fin al conflicto armado con las Farc, a través de una delicada negociación política. El Acuerdo Final y la paz misma estarían en riesgo en un gobierno de Duque, a pesar del blindaje, tipo 3, que tiene dicho Acuerdo.  En lo económico y en lo ambiental, Santos mantuvo el mismo modelo extractivista y las recetas naturales del neoliberalismo.
[10] Revista Diners, 303, de junio de 1995.

jueves, 7 de junio de 2018

¿Libreto o Discurso?


Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Entre los candidatos presidenciales que pasaron a la segunda ronda hay una enorme diferencia en términos del dominio discursivo: mientras que el ungido de Uribe sigue un libreto, el candidato de la Colombia Humana sostiene sus posturas en un sólido discurso.

De allí que la campaña de Duque haya decidido no enfrentarse a Petro en debates televisados, pues de antemano saben él y sus asesores, que el ex alcalde de Bogotá lo pondría contra las cuerdas y haría visible la pobreza discursiva que acompaña al candidato del Centro Democrático.

Y no es un asunto menor el poseer la capacidad argumentativa que ha venido exhibiendo Petro a lo largo de esta campaña. Su discurso, elocuente por demás, se hace aún más férreo y consistente, cuando a éste tratan de enfrentarse periodistas incorporados[1] como Darío Arizmendi y otros que no tienen la formación y mucho menos pueden dar cuenta de las lecturas que sí ha hecho Petro Urrego de autores contemporáneos como Piketty, a quien a pesar de sus afamadas tesis económicas,  estas no son compartidas del todo por Eduardo Sarmiento en un artículo publicado en el libro Piketty y los economistas colombianos (2015).

Que las tesis de Piketty en torno a la distribución del ingreso y a la imposición de gravámenes al capital y la precarización laboral sean discutibles no le resta mérito a Petro de leer, interpretar y aplicar parte de las tesis y recomendaciones que pudiera colegir del discurso económico del autor francés.

Ahora bien, la capacidad discursiva de Petro y su discurso mismo pueden resultar atractivos para quienes valoran este tipo de características en un ser humano y en particular en un político profesional. Es posible que en Colombia haya un sector minoritario de la sociedad que admire, reconozca y aprecie el contenido del discurso político, social, económico y ambiental del ex alcalde de Bogotá, mientras que puede existir una mayoría que desprecie y subvalore la solidez discursiva del candidato que aceleró la crisis programática e ideológica del Partido Liberal, hasta el punto de llevar  a César Gaviria Trujillo a traicionar los principios liberales y por esa vía, terminara hincado, para mantener el poder burocrático y asegurar el futuro político de su vástago, ante el poder elector de Uribe.

Quienes subvaloran el discurso de Petro, lo hacen amparados en su aparente mala gestión al frente de la Alcaldía Mayor de Bogotá. Es posible que en algunos sectores y problemas de la capital haya dado mejores resultados que en otros, en el marco, eso sí, de un ambiente hostil aupado por la Gran Prensa[2] bogotana que lo atacó sin piedad, al tiempo que el entonces Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez Maldonado hacía lo propio con su decisión espuria de sancionarlo e inhabilitarlo.

El economista Kalmanovitz en reciente columna, sobre el particular, señaló: “La Alcaldía de Petro en Bogotá fue mediocre y sólo pudo cambiar marginalmente algunos servicios y políticas, pero no logró liquidar la capital. Incluso, hoy Peñalosa tiene más problemas de autoritarismo y eficiencia que Petro. En el caso del país, la división de poderes le impondrá unos frenos que pueden desaparecer en el caso de que Uribe-Duque accedan a la Presidencia, produciendo una mayor destrucción del tejido político y social de la que generó entre 2002 y 2010, esta vez por tiempo indefinido[3].

Aquí entonces, es urgente y necesario articular discurso, lecturas previas y proyecto político, con la acción de gobernar. Es importante que detrás de las decisiones que un gobernante adopte exista un discurso sólido y coherente. Sobre las ejecutorias, lo que tendría que hacer Petro si llega a la Casa de Nariño, es rodearse de un equipo idóneo y capaz de traducir sus apuestas discursivas, en obras y acciones de beneficio colectivo. Y morigerar todo lo relacionado con su personalidad, en los términos que Salomón Kalmanovitz, entre otros, señala en su ya referido texto.

Lo contrario sucede hoy con Peñalosa en Bogotá y sucederá con Duque en la Presidencia: ante la ausencia de un discurso consolidado y de un proyecto país en el que quepan todos, las decisiones tomadas y las acciones de gobierno no estarían amparadas en conceptos y apuestas discursivas, sino en caprichos y en compromisos burocráticos como los que deberá asumir el ungido de Uribe, al aceptar el respaldo de César Gaviria, del Partido de la U y de Cambio Radical, la empresa electoral de Germán Vargas Lleras.

Vuelvo a citar al economista colombiano, quien señala que “un triunfo de Iván Duque representa grandes riesgos: tendrá una bancada mayoritaria en ambas cámaras y promete revolcar la justicia, extendiendo un manto de impunidad sobre su patrón y los buenos muchachos que siempre lo acompañan, incluyendo a Popeye. Además, contará con unas fuerzas armadas amigables que no obstaculizarán los cambios constitucionales que puede consumar. Le puede abrir la puerta a un “presidente eterno”, como inocentemente lo confesó y anhela[4].

La mayoría que desprecia la capacidad argumentativa y el dominio de la oratoria que ha exhibido Petro Urrego, es la misma que acompañó, aplaudió y se dejó seducir por la pobreza discursiva de Uribe Vélez y que hoy se rinde ante la “capacidad” de Iván Duque de seguir un libreto preconcebido y de “copiar” las propuestas de su contendor, previamente calificadas como inviables fiscalmente o de corte populista.

Sin el tonito parroquial, vulgar y pendenciero con el que Uribe sedujo y embelesó a millones de colombianos que aún lo siguen a pesar de contundentes señalamientos por vínculos con el paramilitarismo y actos de corrupción, Iván Duque se va consolidando como un buen intérprete (¿títere?) de lo que otros le dicen que repita, en particular de lo que le indica su Patrón político. Y este detalle, aunque por estos y para estos tiempos puede resultar insustancial, no lo es tanto para quienes desde la Academia aprecian el dominio conceptual, la capacidad para argumentar y el dominio de la oratoria.

Ahora bien, más allá del resultado que deje la jornada electoral del 17 de junio, lo que queda claro es que el dominio discursivo y el discurso mismo, como herramienta y estrategia electoral, estuvieron de regreso con un candidato progresista. Como quedará claro que la Derecha anacrónica no requiere para mantenerse en el poder, de grandes oradores y mucho menos de políticos con un excelso dominio conceptual, pues saben de antemano que sus seguidores poco aprecian esas capacidades y más bien, se acostumbraron al lenguaje vulgar, básico, provocador e inconsecuente de quien estará detrás de Duque diciéndole qué hacer, qué decir y en qué sentido decidir.

Por ello, el 17 de junio también votarán los colombianos entre aquel que tiene la inteligencia para “armar” un discurso y exponerlo sin titubeos, y aquel que, con algo de pericia, sabe leer y asumir el mismo libreto con el que  un ladino y montaraz ganadero, latifundista y caballista mandó en Colombia entre 2002 y 2010.

Adenda: Si el 17 de junio triunfa Uribe, su ungido llegará a la Casa de Nari, tal y como llamó a la casa presidencial el narco paramilitar, alias Job, quien entró de manera oculta, en el periodo presidencial de Uribe; por el contrario, si Petro se alza con la victoria, se podrá instalar, sin tormentos y sin el peso de un oscuro pasado, en la Casa de Nariño.







jueves, 31 de mayo de 2018

EL VOTO EN BLANCO




Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

En la compleja y difícil coyuntura política por la que atraviesa el país, votar en blanco no solo constituye una necedad, sino que advierte falta de criterio y mucho de ignorancia en quienes piensan hoy, o ya decidieron, votar el 17 de junio en ese sentido.

Me referiré en esta columna a las decisiones que en esa dirección adoptaron el ex candidato presidencial de la Coalición Colombia, Sergio Fajardo, y uno de los aupadores de dicha campaña, Jorge Enrique Robledo.

Pero antes hay que señalar que para la segunda vuelta, en caso de que el voto en blanco derrote a los candidatos Petro y Duque (el ungido de Uribe), ese resultado no tendrá efectos jurídico- políticos. Se tratará, en el lejano caso de que suceda, un “triunfo moral y simbólico”.

Aclarado el asunto del valor de votar en blanco en esta segunda vuelta presidencial, paso a revisar el caso de Sergio Fajardo. El ex gobernador de Antioquia acaba de señalar públicamente que votará en blanco. Sin duda, estamos ante un voto que tiene un enorme valor social y político en la medida en que puede constituirse en un derrotero y camino a seguir para muchos ciudadanos que depositaron su voto en primera vuelta por el profesor Fajardo.

Estoy seguro de que el anuncio de Fajardo de votar en blanco busca mantener sus buenas relaciones con el Establecimiento. Él no quiere ser un outsider de la política antioqueña. Sabe  que anunciar su voto por Gustavo Petro[1] lo ubicaría en un escenario complicado por cuanto el candidato presidencial de la Colombia Humana lo que ha confrontado en esta campaña, justamente, es la ética y la responsabilidad política de quienes lideran y soportan eso que se llama el Establecimiento.

Dado lo anterior, considero que Fajardo es coherente. Y lo es, porque en su momento, en una columna[2] que escribió en El Colombiano en 1997, se despachó en elogios hacia Uribe, cuando este fungía como Gobernador de Antioquia. Incluso, le alcanzó a Sergio Fajardo para legitimar a las Convivir que operaron en Antioquia con la anuencia de Uribe Vélez y que todos sabemos que terminaron apoyando a grupos paramilitares. Así entonces, Fajardo está obligado a mantener sus buenas relaciones con el Establecimiento. Muy seguramente, con la votación alcanzada en la primera vuelta y a pesar de haber dicho que esta era su última campaña, estará pensando en aspirar a un cargo público de elección popular o quizás, aceptar una embajada o un ministerio.

Fajardo está obligado a votar en blanco porque es beneficiario y agente del Establecimiento. Por eso no puede votar por quien justamente se atrevió a sacudir al Régimen de poder. Y es que el sacudón es tan fuerte, que obligó al Partido Liberal a respaldar la campaña de Iván Duque Márquez, dejando atrás luchas y principios que lo mantuvieron en directa confrontación con las ideas conservadoras y anacrónicas que hoy confluyen en el proyecto neoconservador de Uribe[3]. Y al hacerlo, garantizarán las fuerzas liberales (¿Iliberales?) y otras que ya se sumaron,  no solo el regreso de Uribe, sino la concentración del poder político y de nuevo, el debilitamiento del equilibrio de poderes cuando Duque cumpla con lo dicho en campaña: reducir las altas cortes, a una que pueda manejar Uribe a su antojo. Se da por descontado que con contará con un Congreso a su favor.

Justamente, por lo que se avecina para el país en materia del funcionamiento de la institucionalidad y de la operación del Estado Social de Derecho, es que votar en blanco bien puede constituirse en un error, una necedad, o para el caso de Fajardo, en una estrategia de mediano plazo para mantener su vigencia política. Más claro: Fajardo reconoce en Uribe Vélez[4] no solo a un gran elector, líder político y caudillo, sino a un político que bien le sabe servir a las estructuras de poder económico que sostienen el Establecimiento: banqueros, empresarios e industriales; de igual forma, como sabe servir y usar a las estructuras de poder coercitivo y las fuerzas de seguridad del Estado: la creciente burocracia policial y militar, pero sobre todo, a aquellas organizaciones que hacen posible que en Colombia exista un “doble Estado”[5].

El caso de Robledo tiene diferencias con el de Fajardo. Jorge Enrique Robledo históricamente ha juzgado al Establecimiento y confrontado a sus élites por incoherentes, mafiosas y corruptas. Por eso, se esperaría que Robledo decidiera acompañar a Petro en segunda vuelta, a pesar de las rencillas y las diferencias de criterio que sostienen los dos de tiempo atrás. Disputas que, atravesadas por un conflicto propio de ególatras, no justifican la decisión de Robledo de votar en blanco en la segunda vuelta, a sabiendas de lo que significará para el país el regreso de Uribe[6] y su política de seguridad democrática, que no es más que la aplicación del Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala (1978-1982), al que simplemente se le añadió el calificativo de democrático.

Con todo lo anterior, votar en blanco el 17 de junio de 2018 constituye un garrafal error, si esta decisión está soportada en las incertidumbres e incluso en miedos que surgen y acompañan el proyecto político de Gustavo Petro, por cuanto éste busca cambios sustanciales en las correlaciones de fuerza y en las formas nocivas, poco democráticas e ilegítimas bajo las cuales viene operando el Estado colombiano.  Y/o consecuentemente con lo anterior, se vota en blanco porque de alguna manera se quiere rechazar el regreso de Uribe en “las carnitas y huesitos” de Duque. En ese sentido, es preferible darle la oportunidad a Gustavo Petro[7] Urrego, quien al recibir el apoyo del Polo Democrático y de los otros sectores de poder político que hicieron parte de la Coalición Colombia, ya morigeró su discurso y matizó asuntos problemáticos que generaban preocupación en el electorado. Asuntos que tienen que ver con la propiedad privada, el modelo económico y la responsabilidad en el manejo fiscal, en relación con políticas públicas de corte social.

Para todos los ciudadanos que en estos momentos piensan votar en blanco, les digo que  hacerlo en ese sentido constituye una necedad, un craso error, quizás una estupidez y dará cuenta de una empobrecida cultura política y una lectura equivocada de la actual coyuntura. Al hacerlo, de manera indirecta abonan y facilitan el camino para que triunfe el proyecto político que encarna Uribe[8] Vélez y quienes lo rodean. Proyecto de país en el que no cabemos todos y que  Duque se encargará de aquí sea, pues  cumplirá  al pie de la letra lo que Uribe le ordene; y será así, por  su carácter sumiso y por la deuda que tiene con el latifundista que lo sacó del anonimato y que intenta meterlo a empellones en la historia del poder político de Colombia.

Nota: esta columna no incluye el caso de Humberto de la Calle Lombana, porque al momento de escribirse, el autor desconocìa la decisiòn del ex candidato presidencial de votar en blanco. 









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